Una noticia en cuento - Ma. Teresa

Mi nombre es Elisa, tengo 15 años y vivo con mi familia en la Localidad de Morón. Mis padres y tres hermanos, uno de ellos discapacitado mental que se llama Andrés. La causa. Mala praxis al nacer. En esta época tan especial, de cuarentena, las condiciones de convivencia, han cambiado radicalmente, para todos. Especialmente para Andrés. Él no entiende demasiado lo que ocurre. Pregunta frecuentemente cuándo puede volver con sus amigos. A los diez años, los amigos comienzan a ser una parte muy importante de tu universo, lo recuerdo muy bien.
Andrés concurre a una escuela especial, doble turno. Lo pasan a buscar a las ocho de la mañana y regresa a las seis de la tarde. Cómo no va a extrañar. La mayor parte del día, la pasa con sus compañeros y docentes.
Pensé que debía hacer algo para que él pase estos días de cuarentena lo mejor posible. Mis padres, a punto de separarse, prácticamente lo ignoran. Y no porque no lo quieran, solo que nunca van a poder aceptar que tienen un hijo especial. Porque es eso Andrés, una persona muy especial, capaz de colmar tus días de un amor infinito. Y yo no lo sabía, lo veía muy poco. Además, tengo a mis amigos, el celular, la compu, en fin. Debía cambiar mi rutina, al menos, hasta que esto de la cuarentena se acabe de una vez. Le voy a dedicar mis horas a Andrés.
Le dije a mis padres que yo me iba a ocupar de mi hermano, que se despreocupen. Algo sorprendidos, lo aceptaron. Me dieron las indicaciones sobre su medicación - lo demás es rutina- dijeron. Andrés me observaba. Después de la higiene diaria y el desayuno, lo llevaba a su cuarto y simplemente le preguntaba qué le gustaría hacer. Al principio, solo me pedía dibujar. Yo buscaba de todo, revistas, libros, lápices, temperas etc. Nos sentábamos en la alfombra y comenzábamos a dibujar y pintar. Luego le leía cuentos, que el escuchaba atentamente. Y fue así que fui descubriendo, poco a poco, que Andrés tenía mucho para dar, además de cariño. Nunca lo había mirado como lo que era, simplemente mi hermano menor. Le hablaba poco, pensando que no me entendería. No le contaba nada de mí, por el mismo motivo. Me di cuenta tristemente, cuanto lo había subestimado. Que me necesitaba como hermana, como una persona necesita a otra. Sin hacerlo sentir pequeño, indefenso y débil. Como lo tratábamos todos, así, como un discapacitado. No como a una persona, con capacidades diferentes. Y el tenía muchas, muchas cosas que ofrecer.
Ojalá esta cuarentena, les sirva a otras personas, como me sirvió a mí. Que vivimos rodeados de personas especiales, que solo hay que darle una oportunidad. Ahora, tenemos el tiempo y las herramientas. Tan solo hay que extender una mano y muchas, muchas más, se ofrecerán a estrecharla. Así, como estrecho hoy la mano de mi hermano Andrés.

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