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Fotografías - Silvia


Durante exactos treinta años, ver Granaderos me resultaba más o menos habitual. Una de las cosas que tiene trabajar en Plaza de Mayo: el paisaje cotidiano parece ilustraciones del manual de primaria: granaderos y frailes, Cabildo y Pirámide de Mayo.

Desde la casa de gobierno (el Regimiento de Granaderos a Caballo es Escolta Presidencial) parten cada dos horas (las impares), desde la mañana temprano hasta la noche, y recorren marchando los doscientos metros para reemplazar a quienes se encuentran en el mausoleo de la Catedral, venerando.

Hace algunos años, empezó a circular una historia acerca de los últimos siete integrantes del regimiento creado por San Martín. La aparición casi fantasmal y la vela cuando llegaron los restos del Libertador para después volver a perderse para siempre me conmueve cada vez que vuelvo a escuchar el relato. 

La historia asegura la llegada a Buenos Aires del vapor Villarino en 1880. La presentación de los siete granaderos a casi sesenta años de sus últimas gestas no sé si es leyenda o historia rigurosa y otro conflicto empírico que tengo es que yo cuento cinco. Lo cierto es que después de conocerla casi siempre que me los cruzaba hacía parte del recorrido con ellos recordando a aquéllos.

Fotografías - Osvaldo



SENSACIONES

Estoy en la Falda, Córdoba, mi lugar en el mundo. Mientras tomo mate, observo desde una de las ventanas de mi casa el paisaje Serrano y lentamente empiezo  a pensar.

Hoy, lunes, un nuevo día de vida, porque cada uno es un comienzo. Tengo la gracia de un día más para disfrutar esta mañana de nubes y sol, como si fuera la primera, la única...

Me dejo envolver por los sonidos, los silencios, los colores, los olores de la tierra y el pasto mojado por el rocío. Me dejo llevar por la vida, participo de la creación. Y doy gracias porque puedo hacer y dar, porque mis sentidos captan la magnificencia infinita de estar vivo. El tomar conciencia de todo esto eleva mi espíritu, me aparto de la tristeza que siento por tantos hechos, tantas cosas dichas, me reencuentro con un poco de mi paz.

¿Por qué olvido a veces lo que es importante? 

La paz es algo real, verdadero. ¿Por qué muchas veces la olvido si está dentro mío?

Fotografías - Claudia



Su silla, su rincón favorito. Él decía que tenía una vista general de nosotros, de frente a mi madre ocinando, sentada en el suelo yo estudiando y a la derecha a mi hermano haciendo un resumen para la facu.

Era bravo el viejo. Recuerdo la vez que dejó atado a Juanjo, toda la noche, a la escalera que llevaba a la terraza. Mi hermano tenía 11 años. Le llevó años volver a dormir sin luz. 

Después del cuarto ACV cambio su lugar en el mundo. Era mi papá y también un usurpador desconocido. La sombra del futuro que había decidido regresar. Hoy, dos años más tarde, tiene una vista panorámica de todo el mundo.

Fotografías - Ma. Teresa




El primer amor

Dicen que el primer amor es el que te marca.
Personalmente, así fue. Conocí a Miguelito cuando nos mudamos a nuestra primera casa, en San Antonio de Padua. Los terrenos donde mi papá construyó habían sido anteriormente quintas y se podían ver por todos lados los lotes llenos de flores. Mamá nos enviaba a mi hermana y a mí a recoger flores todos los días, en casa siempre había un jarrón con flores en el centro de la mesa de la cocina.
Miguelito siempre estaba en la vereda, jugando a las bolitas, pero yo me daba cuenta de que nos observaba de reojo, siempre. El juego era simplemente una excusa.
Un día me animé y me acerqué a saludarlo. 

—Hola, me llamo Clara y mi hermana Luisa. Y vos, ¿cómo te llamas?  

Se puso colorado, era tímido. 

—Me llamo Miguelito —respondió. 
—¿No querés que vayamos juntos a recoger flores? —le dije 
—Y bueno —respondió— pero primero debo pedir permiso a mama. 
—Sí, claro, aquí te esperamos.

Al rato salió y desde ese momento, juntos, cada día, salíamos los tres a recoger las flores. Cuando teníamos un buen ramo cada uno, él me regalaba las que había recogido. 

—Gracias, pero llévaselas a tu mama 
—No le gustan las flores. Además, las junte para vos

Y salió corriendo 

—Bueno, gracias 

Mi hermana me miraba y sonreía

—¿De qué te reís, tonta? 
—¿No te das cuenta de que le gustas?

No supe que responder, también me gustaba.

Un día llego un enorme camión de mudanzas y se estacionó frente a la casa de Miguelito. Mi corazón se detuvo casi. Se marcha, pensé, y no lo voy a volver a ver. Entonces lloré.

Miguelito se acercó a mí. 

—Nunca te voy a olvidar —me dijo y me robo un beso en la mejilla. Lo abrace fuerte.

Desde ese día, no volví a recoger flores, lo hacía mi hermana. Me sentía triste.

Pasó el tiempo, terminé la escuela primaria, luego la secundaria y llegaría el tiempo de elegir carrera universitaria. No sé por qué motivo, o sí, quise ingresar a la escuela naval. Tal vez con la esperanza de que, en algún lugar lejano, encontraría a mi Miguelito. Pasaron muchos años, me decía Luisa. Tenía razón. De todos modos, ingresé a la escuela naval. Y llegó el día de mi viaje de bautismo. Para mi sorpresa, el capitán se llamaba Miguel. Coincidencia no era: mi Miguelito. 

El viaje duró seis meses, un país más bello que otro y el regreso. Ya era otra persona. Me sentía feliz. Me esperaba Luisa junto a su novio, un joven bien parecido y muy simpático. 

—Te presento a mi hermano —dijo. 

Luisa me miró. Increíblemente, en ese momento me enamore de él y en menos de un año estábamos casados, rumbo a España, de Luna de miel. 

Tuve tres hijos, abandoné la carrera naval, vivía feliz junto a mi esposo y mis hijos. Pero como no podía ser de otra manera, mi primer hijo de llamó Miguel. Era un hermoso recuerdo. Pero solo eso, mi primer amor.

Fotografías - Emiliano

LA BICI

(A propósito del relato de Fabiana y en referencia a su hijo dijo que mide 1.80, yo también; que era Profesor de Educación Física, yo también y que era joven, yo tampoco) 

Tal vez por mi profesión, un día cualquiera se me ocurrió investigar cuál era el secreto que había que observar para aprender a andar en bicicleta. Me resultó muy fácil ya que era un problema físico: el centro de gravedad debe caer siempre sobre la base de sustentación. Esto, traducido al idioma infantil, es tan sencillo como decirle al alumno "doblá para el lado que creés que te vas a caer". Con este elemental principio le enseñé no solo a mis hijos sino a muchos de sus amiguitos. Fue tal la fama que adquirí que en una ocasión una familia acomodada me contrató para enseñarle a un niño que no aprendía. Por suerte mi método volvió a tener éxito y me pagaron muy bien. Luego siguió mi nieta (hoy tiene 14 años). Pero el peor fracaso me esperaba agazapado: cuando su hermanito Francisco cumplió los cinco, lo tomé como alumno pero no hubo caso. Acudí a todos mis conocimientos y experiencias reunidas a lo largo de años, pero esta vez no funcionó. Arrumbé la bici y me rendí. No me causó ninguna gracia, pero acepté mi fracaso. Siempre creí que la bicicleta era uno de los inventos más ocurrentes de la humanidad, y por eso mi apego a ella, pero así estaban las cosas. Mi dolor era grande ya que se trataba de mi nieto (solo tengo dos). Hoy en ocasión del día del niño me visitó y miren lo que pasó.

 




Fotografías - Lilian

 


La vida ha sido conmigo tan generosa como complicada. Lo bueno es que voy haciendo balance y no me va tan mal.
Por eso elegí esta foto del mar, empecé a sentir noticias de los estragos de la pandemia mientras estaba disfrutando estos azules intensos y el agua calentita con plena conciencia de estar inmersa en una especie de paraíso que no dura mucho.
Entonces, para prolongar esta dicha, se me ocurrió tomar una lanchita bastante precaria e ir hasta un lugar mas lejano para hacer snorquel y ver peces de colores. Todo fue como estaba planeado, salvo que a la vuelta empezó a llover tipo diluvio y cuando quise bajar de la embarcación, que estaba toda mojada, resbalé, me caí y me hice varios rasguños y lastimaduras.
Esta foto la tomé al día siguiente, mientras mi marido seguía disfrutando del agua y yo, con vendas y algunos dolores, tomaba fotos para el recuerdo.


Fotografías - Lilian

 


Emi

Entre las muchas fotos que tienen un gran significado para mí, que atesoran momentos con personas, lugares o situaciones que me han traído hasta estos días, elijo esta foto de Emi.
La sacamos en junio, el día que nos reencontramos después de tres meses de videos y pasadas rápidas detrás de la ventanilla del auto. ¡Cuánta emoción! ¡Cuánta alegría de las dos! Me está mirando a mi, con esa complicidad que siempre soñé tener con mi nieta y que se nos niega cuando no podemos vernos y ni tocarnos.
Después de algunos encuentros, volvimos a no vernos porque los padres tienen que cumplir obligaciones profesionales y han tenido que recurrir a la ayuda de alguien para que juegue con ella (el maternal no existe más) y eso implica un riesgo para los abuelos, o sea para mí. 
Nunca se me ha dado mucho la matemática, pero creo que cinco meses en los 20 de Emilia son un porcentaje muy alto, que no debe entender mucho cuando nos ve a través de la ventana con barbijo y que no le hago “upa”, que no la beso. Y a mí, de a poco, se me va haciendo un nudo grande en el estómago que trato de compensar mirando su sonrisa en esta foto, escribiéndole y dibujando un cuento más, un juguete con cartón y pensando que todo va a estar bien.

Fotografías - Dora

 




¡Oh, no! El reloj y son las 2 am de la madrugada, al día siguiente debo levantarme temprano.                Estoy durmiendo y, de repente, me despierto a las 3 am. Siento que no puedo dormir más. Me ha pasado con mayor regularidad en cuarentena. Leo en las redes que la mayoría de la sociedad se está quejando de estos episodios de insomnio. Parece que estamos durmiendo menos.  
Me siento cansada, irritada o que no puedo conentrarme fácilmente. La pandemia me ha causado noches largas, mañanas agotadoras y días interminable.           
Bueno,  ¡¡¡basta de pálidas!!! Trato de que el día sea más agradable. Nunca me imaginé que iba a entrar al boom de la cocina casera, ni imaginarme que iba a amasar pan. Lo mío nunca fue la cocina. Tenía que alimentar a mi familia, lo hice con mucho amor, cuando invitaba amigos, tiempo pasado.                  Ahora, como les comenté, hago pan, biscochuelos y budines para mis adorados nietos.

Fotografías - Fabiana



A veces creemos que nuestros hijos serán nuestros para siempre.

Tal vez deberíamos prestar atención a los días "ordinarios", esos que comienzan con pan tostado y terminan viendo películas.

Entre ellos, están los días en que mis hijos jugaban a la carpita, comían helado por los cachetes y jugaban en las hamacas. Tardes con manguera y barro, amasando pizza, que terminaban en mi cama, en noches de cine con pochoclos.

Cuando mi primera hija, Yamila lloró en la puerta del jardín, pensé que siempre lloraría al separarse de mí. Pero todo sucede por etapas y a su tiempo. Entonces los problemas me parecían enormes: las otitis supuradas de Lucas, el partido perdido de fútbol, las peleas entre hermanos por celos, las tareas del colegio. Pero en general, el mundo en que vivíamos y la familia que construimos hizo sentir que la infancia era sólida y duradera.

Lo más lindo de esa etapa fue acunarlos en mis piernas cuando olían a perfume de bebé y a pelo recién lavado. El beso, los cuentos, sobretodo el de Caperucita que Yamila me hacían repetir una y otra vez porque yo le había cambiado el final: "Abuelita, qué dientes tan grandes tienes, para comerte...", ¡¡y ahí venían las cosquillas de mamá!! No olvidaré mientras viva sus caritas esperando que llegara esa parte para que les besara la panza. A Lucas le gustaba el de los tres cerditos y se reía cuando el lobo le soplaba la cara. Y dejarlos en su cuarto era por poquito tiempo, porque siempre amanecían en el nuestro. Me preocupaba que si no les leía un cuento antes de dormir, no los motivaría a leer, y me entristecía si discutían por el turno del juego como si fueran a pelear por el resto de sus vidas.

Todas las etapas llegan a su fin y la pelota dejó de volar por el jardín. Los juegos de mesa se llenaron de polvo. Regalé la bañera de plástico, la sillita de comer, el andador, el tobogán. La puerta del cuarto, que siempre estuvo abierta, de pronto se cerró. Un día, al cruzar la calle, estiré el brazo para alcanzar la manito que siempre estuvo ahí para agarrar la mía y mí bebé de trece años caminó un par de pasos atrás, pretendiendo no conocerme. 

El hijo que cargué y cuidé se ha transformado en un joven de un metro ochenta. Me pregunto si lo estaré haciendo bien, pues ya no hay marcha atrás. Las charlas de sobremesa me asombran, escuchar sus opiniones, defender sus ideas. Hago lo que puedo, como puedo: lleno el freezer, negocio permisos, dejo de asistir a los partidos e ignoro el cuarto desordenado.

Aprendí a usar el celular para hablar con ellos. Rezo por ellos. Mis noches de sueño son noches de alerta. Me hice experta en leer entre líneas, en interpretar miradas. Me preguntan "¿puedo, ma?" y de pronto estoy de frente a una verdad que sabía desde hace tiempo y no quería enfrentar. Ahora mis bebés no necesitan ni que le prepare la mochila, ni que les cierre la campera. Sólo necesitan mi confianza, mí apoyo, mí amor incondicional. Sigo besándolos aunque tenga que ponerme en puntitas de pie para alcanzarlos, sigo rezándole al ángel de la guarda para que no deje solos a mis bebés ni de noche ni de día .

No puedo cambiar el crecimiento de mis hijos, pero puedo cambiar mí actitud ante ello, en vez de decir lo que deberían corregir, pienso en lo superado y logrado por cada uno. Abrazo a mí pequeño de 1.80 metros de estatura, a punto de recibirse de profesor de Educación Física y a mi bella hija con su guardapolvos de maestra jardinera (los dos docentes: algo habré dejado en ellos) para decirles al oído que los extrañaré mientras salen a vivir sus vidas .

El torbellino de los cajones revueltos y las perchas caídas en la búsqueda de una remera al son de la música fuerte... Se van  yendo de la casa, reina una nueva clase de silencio. El litro de leche se vuelve agrio, la comida sobra, pero ya no tengo hambre. Nadie me pide que lo lleve a ningún lado.

Entonces miro a mi marido, sentado a la mesa de la cocina, que de pronto se hizo muy grande para dos, y me pregunto cómo es que todo pasó tan rápido. Mi biblioteca está llena de álbumes con veintiséis años de fotos: cumpleaños, vacaciones,  partidos, graduaciones y navidades. Sin embargo, los recuerdos que más deseo atesorar, los que desearía volver a vivir, son los momentos que nadie pensó en fotografiar. Esos ratos que pasaban a diario entre la cocina y mi cama. Desayunar en pijamas y acurrucarnos a ver una película al final del día.

Me tomó mucho tiempo darme cuenta, pero definitivamente el más maravilloso regalo que me ha dado mi familia, el que compone mi más grande tesoro, es el regalo de esos lindos y perfectos días "ordinarios".

En fin, estoy pensando qué regalarles el domingo, porque para mí fueron, son y serán eternamente mis niños...

 

Reflexión final - Fabiana

Este año viví, y creo que no fui la única, todos los estados de ánimo. Tuve días de alegría, de esperanza, de paz, pero fueron muchos los qu...