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La estatua - Ma. Teresa

Venganza

¿Qué hice? ¿Acaso estoy loca? ¿Y ahora, que será de mí cuando descubran el cuerpo? Tengo que huir, ¿pero hacia dónde? Aún tengo las manos manchadas de sangre. Subiré al auto y conduciré, hasta llegar a algún lugar seguro. Un lugar alejado. Sí, eso hare. ¿Cómo pude matarlo? Era mi marido. Yo lo amaba. Ahora, no podrá volver a lastimarme, eso es seguro. Mi cuerpo, lleno de marcas, comenzara a curarse, esta vez para siempre.

Han pasado ya, dos horas, y sigo conduciendo, sin rumbo fijo. Raro, no he visto ningún cartel, que anuncie hacia dónde me lleva esta ruta. Debo cargar combustible, me lo anuncia el tablero, espero encontrar pronto una estación de servicio. El auto se detiene, nada cerca a la vista. Seguiré caminando, debo llegar a algún pueblo antes de que amanezca, diviso algunas luces, allá voy.

Qué tonta, olvidé mi cartera en el auto, no tengo documentos ni dinero. Igual, seguramente alguien me ayudara. Estoy agotada. ¡Dios mío ayúdame! Llego al fin, sigue sin haber carteles, no sé dónde me encuentro, tampoco sé qué hora es, mi reloj no funciona. Golpearé la puerta de la primera casa que encuentre, diré que fui asaltada.

Llego, llamo, sale una mujer que me mira asustada y cierra la puerta inmediatamente. Claro, mi ropa esta manchada de sangre, también mis manos. Debo buscar un lugar donde poder lavarme, de otro modo nadie me ayudara. Me encuentro en medio de la calle, sola, asustada, con frio…camino lentamente. Logro ver un bosque, tal vez allí exista un lago o arroyo, donde pueda lavarme

Qué extraño, cuántas estatuas. Las observo con curiosidad. Hombres, mujeres niñas y hasta algunos animales. Algo me dice, que debo salir de este bosque lo antes posible, me asusta el entorno. 

Por fin un pequeño lago, me lavaré y después seguiré caminando, lejos de este extraño lugar. Listo, seguro ahora sí conseguiré ayuda. Me doy vuelta y detrás de mí, una de las estatuas, parece observarme. La esquivo, otra más se mueve y me corta el paso. Estoy asustada, es todo muy raro. Poco a poco, las estatuas comienzan a rodearme, mueven sus manos, me acusan. No puede estar pasando esto. ¿Qué hago?

Comienzo a llorar, casi tengo sobre mí a las estatuas. ¡Grito! ¡Perdón, perdón, no quise hacerlo! ¡Era una mala persona, me lastimaba! ¡Déjenme salir, me iré y no volveré! ¡Por favor, por favor! ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio!

Despierto sobresaltada, lo miro, duerme tranquilo. Solo fue una pesadilla. Tomo un poco de agua, recupero el aliento, me levanto. Muy despacio, busco un bolso, guardo algunas cosas, tomo mi cartera, con dinero y documentos, salgo. Subo al auto, y me voy.

Cuando él despierte, estaré muy lejos. Tomará un vaso de agua como lo hace siempre al despertar. Él no sabe que le agregue veneno. ¡Soy libre por fin!

La estatua - Norma

Los clones peligrosos


Estaba terminando el último capítulo de un libro fascinante, cuando sonó el teléfono. ¿Quién sería el inoportuno?, me pregunté. 

—Hola, sí, Javier, ¿qué querés a esta hora? 

Del otro lado, mi primo, muy arrebatado, me decía “venite ya, que quiero que veas algo imposible de creer”. Con mis mejores modales y una gran paciencia me dirigí a la habitación de Javier. Estaba pegado a su telescopio de última generación, con un zoom impresionante. Hasta una hormiga a 5000 metros podía ver. Y me llamaba desesperado para que viera lo que sucedía a casi 150 metros de su balcón.

—Fijate, fijate bien esos hombres ahí, cerca de la fuente, donde está la estatua, al lado del roble. ¿cuántos hay? —me preguntó. 

—Cuatro —le contesté  yo— ¿Pero son todos iguales? —le pregunté. 

—Sí —me contestó— pero seguí mirando, a ver si sale alguno más. 

—¿De dónde? le pregunté 

—De la estatua. 

—¿Me estas cargando? 

—No, dale, prestá atención. 

A los cinco minutos vi salir otro, de la misma estatura, con la misma ropa. Acerqué el zoom y les puede mirar las caras. Sí, eran todos iguales, pero se peleaban entre los dos y luego los otros les explicaban algo.  Se iban todos juntos pero calmados. ¡Qué situación rara e inexplicable!

Javier, ya más sosegado, los siguió hasta donde se dirigían, constató dónde entraban y luego comenzó a contarme la aventura increíble: esa era la tercera noche que sucedía esto mismo. Ya había contabilizado ocho hombres iguales. Venía uno, tocaba la estatua, salía un hombre bastante violento y armado, pero no sé cómo se calmaba cuando el que lo ayudaba le explicaba algo. Después se iban juntos hacia ese galpón que estaba al fondo, por ese camino de tierra,  a 200 metros de donde estabamos.

Lo malo era que nosotros habíamos llegado hacía dos días y si esta gente estaba juntando hombres para armar un ejército o una banda de envergadura, ¿cuántas personas serían en total? 

La semana anterior estaba mirando la televisión y decían que en Alemania unas 300 personas habían realizado un acto con la bandera del Tercer Reich frente al parlamento. Y se suponía que había alrededor de 30.000 personas adeptas al partido. Esto había que hablarlo con alguien de confianza y que tuviera poder como para investigar y accionar. 

El tema era que estábamos de vacaciones en la casona de los abuelos y teníamos que comunicarnos con el inspector en jefe, amigo de nuestros padres. Marcel Linarét nos conocía desde chicos y podíamos confiar en él.

Al día siguiente, bien temprano, desayunamos rápido y nos fuimos para el centro. Ya le habíamos sacado el número de teléfono de la agenda a  mi papá, para avisarle con tiempo y encontrarnos con él, a la hora del almuerzo.

Javier comenzó con la historia desde el principio y yo corroboré lo sucedido la noche anterior. Nos escuchó atentamente, luego decidió ir a casa por la noche para confirmar los hechos. No teníamos que comentar nada porque resultaba increíble.

A la misma hora, desde la misma ventana, estábamos los tres observando qué sucedía cerca de la fuente. Y sí, otra vez la misma situación. No cabía dudas, era una operación de gran envergadura. Sólo quedaba la investigación inmediata y el accionar del servicio secreto.

Cuando investigaron en el galpón, que además contaba con 100 hectáreas para realizar el entrenamiento y era vivienda, depósito de armas,  garaje de camionetas especiales,  encontraron 250 hombres iguales, uniformados, entrenados para destinarlos a  menesteres de origen desconocido. Lo que nunca supimos fue quiénes eran los responsables directos de esta confabulación absurda y gigantesca, criminal y dantesca. Todavía no me alcanzan los apelativos más desagradables para nombrar esta operación perversa, agresiva, terrorífica, cuyo único fin era dañar y perjudicar a gente normal, de una ciudad como la nuestra. 

Esos hombres no eran seres humanos comunes. Eran asesinos y, como tales, tenían que desaparecer de la sociedad.  Ese plan ya estaba en marcha, como la desaparición de la estatua, que gestaba estos macabros clones. Cuando termino de leer un libro o luego de ver una película rara, siempre pienso lo mismo:  “la realidad supera la ficción.

La estatua - Claudia

Giró el cuchillo en el estómago de la víctima. Se quedó de pie, esperando. Minutos después, tomó el arma y vio que no había necesidad de limpiarla. Esa sensación de alivio llegó como en los otros casos. Pero había más, muchos más y se preguntó si sería capaz de acabar con todos, si podría encontrarlos. Las dudas se disiparon al dar la vuelta: tres personas inodoras y sin sangre avanzaban hacia él. Sacó el cuchillo de entre sus ropas y corrió, cortó la garganta de dos, se agachó de inmediato para encontrar los tendones de aquiles del otro, que cayó de rodillas. 

En el laboratorio, los médicos buscaban el antídoto. Analizaban la sangre, mezclaban componentes químicos. Los anti febriles tenían el efecto contrario. 

—Doctor, ¿pudo averiguar algo? —dijo el hombre mientras guardaba su arma.  

—Necesito más tiempo. Hasta ahora sabemos que la temperatura corporal aumenta pero antes de convulsionar, la persona se duplica, esto controla la fiebre. Lo cierto es que no podemos hablar de contagios. Todo empezó  en las cárceles y luego en la población. Pero es gente mala. Científicamente es imposible, lo sé.  

—¿Germinan la maldad? Tengo que irme. Doctor, haga su mejor esfuerzo. 

La ciudad era un caos. Él era un guerrero y debía proteger. Al amanecer las calles olían a sangre.

La estatua - Lilian

¡¡Parate, viejo!!

Correr, correr y escapar. El cañaveral está cerca a sólo ocho cuadras. Rápido. Nadie lo sigue. Más rápido. Empieza a rodear el bosquecito, en algún lugar hay un resquicio para entrar. Ahí está, se agacha y tropieza con raíces, empieza a reptar. Está bastante oscuro, pero siente en las manos y en la cara el contacto con las hojas, las ramas más ásperas y el pegoteo de las telas de arañas. Tiene que avanzar, no lo tienen que encontrar. Un poco mas allá ve un pequeño claro: hay arena y se ve un rayo de sol. Avanza y se tira respirando profundo, tiene sed, nunca creyó que iban a representar tanto esos 800 metros. Mucha adrenalina suelta. Mira alrededor y entonces ve que el sol pega sobre una figura, una estatua de metal o algo con mucho brillo, necesita tocarla, refregarse la cara contra esa superficie fresca.

No sabe cuánto tiempo estuvo sin conocimiento, cree que poco, un pequeño desvanecimiento. Pero entonces siente una presencia detrás. Con un movimiento rápido toma la navaja del bolsillo y se da la vuelta. El otro es más ágil, le golpea la mano y cae la navaja al piso. Recién entonces lo mira. ¿Quién es? Su sombra, su conciencia? No puede creerlo, es una copia de sí mismo, perfecta. Registra el miedo, su cuerpo empieza a temblar, huele su sudor y algún líquido que se escapa de los esfínteres. El clon sonríe y da dos pasos hacia él.

No puede resistirse, da un paso atrás y confiesa en medio de gritos: 

—Soy chorro, no un asesino. No quería matarlo, fue una desgracia, ¡quería la guita! Había estudiado todo, no hay muchos jubilados a las 2.30, van todos temprano a hacer la cola. Era cuestión de mirar bien y seguir alguno y en el momento que levantara la pierna para poner el pie sobre el cordón llevarlo por delante. Sabía en que bolsillo estaba la guita, sabía cómo agarrarlo. Lo que no calculé era la fragilidad del viejo, parecía caminar muy seguro, pero cayó como un flan. No sabía que era tan duro el cordón. Quise pararlo: "¡Levantate, viejo, parate!" Pero enseguida vi la cabeza torcida y la sangre y también que por la avenida venía un auto. Salí corriendo.

El clon sonríe y trata de acercarse. El muchacho, con las pocas fuerzas que tiene, se esconde detrás de la estatua, necesita asirse a ella. Y entonces una ráfaga de viento enloquecida lo tira al piso, lo cubre de arena, tierra, hojas y ramas sueltas. Cuando abre los ojos busca al intruso, sólo ve algunos billetes y muy cerca de su mano la navaja. No hay nadie. Siente en el pecho un dolor profundo y una gran presión en la garganta. Está solo y sabe que es el final.


La estatua - Emiliano

Yo no sé si todos sabían de la aparición de esa estatua misteriosa en el bosque, pero sí que, cuando esa aparición se confirmó y se supo del poder que tenía de hacer duplicados perfectos de cualquier ser humano que la toque, dejó de ser el lugar en el que los chicos jugaban. Con justa razón las madres se lo tenían prohibido en la misma medida en la que el rumor crecía. 

No sé porqué justamente a mí me confiaron el seguimiento de uno de esos duplicados que, para mi desgracia era alguien quien de desde hacía un tiempo era buscado por asesinato, delito por el cual la pena no es menor a los veinticinco años de reclusión. Lo cierto es que, vaya uno a saber por qué, acepté la encomienda. 

Acudí a la Policía y a investigadores privados y escuché con mucha atención las versiones que, cada vez con más fuerza, se escuchaban en el barrio. En eso vi que un haz de luz ingresaba por la ventana de mi dormitorio anunciando la aurora y recordé aquel poema que dice: "¿Qué es la vida? ¿Un frenesí? ¿Qué es la vida? ¿Una ilusión? Una sombra, una ficción y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son". 

La estatua - Stella

Llegué, persiguiéndola, a ese pueblo de creencias mágicas. La más extraña era la de la estatua que te convertía en otro al tocarla. Sin querer, estuve en el bosque junto a la estatua y sin querer caí sobre ella. Me solté rápidamente y me volví al hotel.

De pronto, me miré en el espejo y vi que tenía la cara de la asesina. Creí enloquecer, pero mi mente fría y analítica se preguntó por qué y para qué me había transformado. En ese momento no lo supe pero si que debía cambiar mi aspecto actual y seguir con mis averiguaciones para hacerle pagar sus culpas. Me encontré con un antiguo vecino suyo que me dio datos para llegar a su paradero.

La encontré por fin. Ella no desconfiaba, pues su escondite era perfecto. Me puse frente a ella que inmutable, no se movía. Me saqué mi disfraz y en ese momento perdió su compostura al verse reflejada en mí. Me tiré sobre ella, la reduje y, nuevamente, volví a ser yo, la inspectora de Interpol, y comprendí el papel de la estatua.

La estatua - Fabiana

Último día, último año de la escuela secundaria. Por fin había llegado el momento tan esperado para la promoción 2020. Juana, la alumna líder del grupo, se disponía a guardar su mochila rosa en el portaequipaje del micro, mientras empezaba a golpear los asientos usándolos de tambor y cantando a viva voz "nos vamo' a Barilo'". 

Fede, Agustín, Carlos y Teo ocuparon el asiento trasero creyendo que allí escaparían de la visión de Sebastián, el profe de Educación Física. Miriam ocupó rápido dos asientos, uno para ella y otro para Juana, desde primer grado que eran amigas inseparables. Detrás, Mary y Sole, que habían llegado al comenzar el secundario pero se habían unido a Juana y a Miriam desde el primer día.

Luego de un viaje de horas llegaron por fin al Campamento del Bosque. Cielo azul intenso, lago cristalino, enormes arrayanes, flores amarillas, lilas y blancas. Cómo marco natural, las montañas con nieve en su cima.

Prepararon las carpas, esa noche los chicos cocinarían. Las chicas se dedicaron a hacer una  recorrida y sacarse selfies usando de fondo el maravilloso paisaje. Juana se recogió el pelo con su vincha preferida y se puso los lentes oscuros para sacarse la última foto.

Las risas y las voces de las muchachas se vieron interrumpidas por un trueno que las dejó mudas.

- ¡Volvamos!- dijo Mary y salieron corriendo asustadas.

Juana tropezó con un tronco y cuando logró levantarse se encontró sola en medio del bosque. Empezó a caminar con dificultad, se había perdido. Su pie sangraba, se limpió con la remera. De pronto creyó escuchar a Miriam que la llamaba. Caminó en dirección a esa voz, pero solo encontró una estatua de una ninfa hecha con el tronco de un árbol que llamó la atención de Juana. Se acercó y siguió con sus dedos la forma de la escultura. Un rayo iluminó el lugar y el pánico apareció en los ojos de la muchacha que cayó desmayada. De pronto, una luz que surgió de la estatua se convirtió en otra Juana idéntica que comenzó a caminar por el bosque. 

Mientras tanto en el campamento se organizaban para salir a buscarla. Los chicos llevaron linternas para poder ver en la oscuridad, aunque por suerte la luna estaba gigante y luminosa. De repente, Miriam gritó. Fede corrió a su encuentro y allí vio la escena: Miriam temblando con la mirada fija en el cuerpo de un muchacho que yacía inerte, ensangrentado, con un corte en el cuello y otro muy profundo en la cabeza. Debajo del cadáver, la mochila rosa de Juana y, apretada en el puño, la vincha preferida de su amiga.

Todo fue caos, llantos e histeria. El profe se hizo cargo y llamó a la policía local. Llegaron de inmediato para hacer las pericias. Juana seguía desaparecida y todo la inculpaba. La policía revisó el lugar buscando a la sospechosa. La encontraron junto a la estatua de una ninfa, con la mirada perdida. No podía hablar y su remera estaba llena de sangre.

Mientras se la llevaban detenida, escondida detrás de un arrayán gigante, su "doble" observaba la escena. Cuando todos se fueron, lavó sus manos ensangrentadas en el lago, se abrazó a la estatua y desapareció.

A Juana la condenaron a cadena perpetua, su mirada sigue perdida y nunca más habló. Todas las noches, sola en su celda, saca de debajo de su almohada una foto en la que se ven sus amigas, ella con su vincha preferida y, detrás, la estatua de una ninfa . 

Reflexión final - Fabiana

Este año viví, y creo que no fui la única, todos los estados de ánimo. Tuve días de alegría, de esperanza, de paz, pero fueron muchos los qu...