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Reescritura - Norma

A veces en las tardes, lleva a los perros a dar un paseo, por los alrededores de su casa. Como uno es muy joven y la otra muy vieja, es difícil lidiarlos a ambos al mismo tiempo, pero a ella se le dan las empresas necias así que se larga a la calle con una correa en cada mano y cada perro hilvanando a su correa. Así la tontería, tuvo un percance que pudo terminar en calamidad.
Vive cerca de una mujer a la que admira desde hace mucho tiempo. Fue la primera persona a la que entrevistó en aquella época rara en la que le parecía creíble poder ser periodista. La China era una mujer fantástica cuya belleza llena de fábulas ha sabido contarlas entretejiendo las palabras hasta volverlas un retablo barroco y sonoro como como las propias historias. Lila disfruta visitarla cada vez que puede, que es casi nunca. Llegó a su casa como si nada e irrumpió en su tarde para retomar una conversación que no se terminaba. Eso hizo, pero para lograrlo tuvo que cruzar una calle abigarrada de autos a los que les urge alcanzar la luz verde en el siguiente semáforo y corren tras el amarillo sin detenerse en los paseantes. Como ella teme a sus despistes, se fijó muy bien antes de lanzarse al ruedo. Cuando le pareció pertinente, les dio la orden a los perros y caminó sin más. El joven corrió estirando la correa, pero la viejita se detuvo en seco y como la tiró para apurarla y está más flaca de lo que parece, su collar quedó en sus manos mientras ella meneaba la cabeza como preguntándose por qué tanto ajetreo. De repente, Lila tenía un perro del otro lado de la calle y otra inamovible a sus pies. No sabía que hacer. La elección estaba entre tirar de uno o pescar a la otra. Tiró la correa del Nino pidiéndole que no se moviera de la acera que había alcanzado temblando y levantó a la otra del suelo al que parecía pegada. Mientras tanto, y para su fortuna, los automovilistas se habían detenido a contemplar el espectáculo de su trastabillar. Como pudo alzo a la viejita y corrió a serenar al otro pobre, que la miraba sin saber quién estaba más perdido.
Cuando llegó a la casa de la China, sintió lo que debió sentir Colón al pisar tierra. Y todo a dos calles de su casa.

[El viento de las horas, Ángeles Mastretta]

Reescritura - Darío

Se me antojó un café y bajé a comprarlo a la tienda. Era una noche templada, con viento fresco. Estaba tranquilo el ambiente. El muchacho de la tienda estaba contento, ayer había nacido su hijo. Me quedé ahí a tomarme el café. La vecina del apartamento de arriba bajó y llegó a la tienda. Vestía unos shorts que le quedaban lindos. De repente se oyó un ruido como un choque o explosión y salimos, temerosos, a ver qué pasaba. El vecino del apartamento del séptimo nivel se había tirado de la azotea del edificio.
Agustín, el vecino suicida, era un tipo depresivo. Pasaba meses sin casi salir de su apartamento. Trabajaba desde su apartamento como informático en internet, así que su aislamiento se hacía peor. El tipo parecía odiar a todo el mundo; cada gesto amable que intenté con él fue recibido como si fuera una agresión. Por alguna razón yo no llegué a odiarlo ni a compadecerlo, era un tipo enfermo que probablemente no tenía cura.
No me sorprendió que se tirara, pero sí que sobreviviera. Cuando llegamos con la vecina hasta donde había caído lo vimos quejarse, pero respiraba normal y por el dolor se desmayó instantes después. Tenía una fractura expuesta de tibia y peroné en la pierna izquierda. También se había quebrado la mano derecha. Pero estaba vivo, muy a su pesar. Se lo llevó una ambulancia y ya nunca regresó al edificio. Una mujer llegó a sacar sus cosas con un camión de mudanzas una semana después.
Con la vecina de los shorts bonitos nos quedamos platicando en la tienda. También se alegró ella de que el joven tendero fuera padre. Melissa se llamaba. Era una mujer de unos treinta años, pelo negro largo y piernas bonitas. Solía usar sandalias para mostrar unos pies bien cuidados.
—Gente que nace y gente que se quiere morir —dijo Melissa, de repente.
—Yo siento pena por el hombre. No se pudo morir, estará sufriendo —respondí—. La vida le volvió a jugar mal.
—Tampoco fue muy listo que digamos, no eligió un método a prueba de fallas. Yo hubiera llevado un arreglo con rosas amarillas a la funeraria.
—¿Por qué rosas amarillas?
—Sólo porque me gustan.
El tendero y recién estrenado padre sólo escuchaba. Aparte de la sorpresa del evento a él lo único que le importaba y lo que lo tenía contento era su hijo, que había pesado siete libras y media y se parecía a él. Salimos de la tienda. Le dije a Melissa que nada mejor que el sexo para olvidar a la muerte y ella estuvo de acuerdo. En lo que no estuvo de acuerdo fue en que el sexo fuera entre nosotros, para mi mala suerte.
Cuando regresamos al edificio, subí al apartamento del suicida. Su puerta estaba abierta, no sé si la dejó así o alguien entró. No pude soportar la curiosidad y entré. Estaba desordenado todo, pero no estaba sucio. No había ninguna nota de suicidio, ni alcohol, ni drogas. Su laptop estaba apagada, me senté en un sillón de la sala y la encendí.
Llevaba una especie de diario en un documento de Word que tenía en el escritorio de la laptop. Relataba que escuchaba voces, y que por momentos parecía vivir una realidad alterna. La medicación no funcionaba, la esquizofrenia estaba ganando la batalla. En una página aparecí yo, como el único imbécil que intentaba ser amable. Escribía con impecable ortografía y buena redacción, pero no era especialmente interesante para leer, salvo algunos detalles de las voces, como que no las escuchaba con el oído sino las percibía dentro de su cabeza, pero aún así eran muy claras.
Cuando ya me estaba aburriendo del diario del suicida, encontré una mención a Melissa. Cuando ella se pasó a vivir al edificio le regaló un jarrón para que pusiera flores y él lo había considerado un gesto noble de su parte. El jarrón estaba sobre la mesa del comedor, que estaba limpia y sin nada más. Había en el jarrón tres rosas amarillas. Tomé una, salí del apartamento, la dejé frente a la puerta de Melissa y me fui a dormir.

["Una rosa amarilla", José Joaquín López]

Reescritura - Ma. Teresa

Era yo muy joven y vivía en una pequeña aldea. No muy lejos se encontraba la casa de una hermosa doncella, blanca y bella como la luna. Me enamoré el primer día que la vi. Solo que ella era muy vanidosa y pretendía casarse con un joven que se asemejara a un príncipe, casi como en los cuentos. 
Sin embargo, eso no me detuvo y fui a visitarla. Charlamos un rato y luego le dije que estaba enamorad, y pretendía hacerla mi esposa. Inmediatamente se levantó de su sillón y en un tono muy despectivo me dijo que jamás se casaría con alguien que tuviera la cara cruzada por cicatrices como yo, y me invito a retirarme. Así lo hice, pero con el pecho destrozado por el dolor que me había producido la respuesta de la joven.
Quise reponerme, diciéndome a mí mismo que ella era demasiado vanidosa, que no merecía mi tristeza, pero fue en vano. Llevaba semanas sin dormir, por las noches solo caminaba por el bosque, tratando de olvidar el sentimiento que sentía por hacia ella.
Varias veces regrese a su casa, a pedirle, a rogarle, que me aceptara. Pero siempre recibía la misma respuesta. Jamás regreses, hasta que logres hacer desaparecer de tu rostro esas horrendas cicatrices.
Una de esas noches, en las que recorría el bosque, me senté a descansar apoyándome en un frondoso árbol. Casi al instante, escuché el ruido de un carro acercándose. Era un hombre y su mulo arrastrando una vieja carreta. Se detuvo, descendió y con suave movimiento de manos, convirtió al mulo en hombre. Observé con asombro lo sucedido, me puse de pie y camine hacia él.
Me saludó muy cordialmente. De inmediato, le comenté que había visto cómo convertía al mulo en hombre y, sonriendo, me respondió:

–Es que no me gusta comer solo. 

Luego con otro movimiento de manos, convirtió la carreta en un canasto, donde tenía un pollo que, luego de hacer una fogata, atravesó con un palo y lo puso a cocinar. 

–Siéntese –me dijo–. Coma con nosotros, por favor.

Mi curiosidad era mayor que mi apetito, y me decidí a preguntarle:
–Disculpe la curiosidad, ¿es usted mago?  

Luego de sonreír por un momento, me dijo:

–Sí, por supuesto que lo soy.

Tomé confianza y le conté, mi pesar. 

–¿Podría usted ayudarme, y desaparecer mis cicatrices? 
–Si por supuesto, lo hare con gusto.

Con un movimiento de manos hizo aparecer un gran espejo. 

–No deje de mirar el espejo, por favor. 

Tocó una de las cicatrices que cruzaban mi rostro y en el espejo estaba yo peleando contra los cosacos que habían atacado la aldea y el hombre que en el momento causó mi cicatriz. 

–Listo, vuelva a observar. 

Y allí estaba yo nuevamente, pero esta vez no luchaba, estaba escondido detrás de unos barriles, muerto de miedo. 

–Se fijó bien, su cicatriz desapareció –Y era cierto.
–Pero ¿no era yo el que estaba escondido tras los barriles, verdad? 
–Sí, usted mismo, solo que, al borrar la cicatriz, también desaparece su historia. Si quiere, seguimos con el resto- 
–No gracias, buen hombre. Dejaría de ser yo y mi historia.

Y luego de agradecerle, regresé a mi casa y esa noche dormí como nunca lo había hecho.
Al despertar, decidido más que nunca, fui a casa de la doncella. Apenas me vio exclamó:

–¿No te dije que no regresaras hasta que hicieras desaparecer tus cicatrices? 
–Así es, pero esta vez, me gustaría que primero me escuches y luego me iré y nunca regresare, lo prometo.

La joven se sentó y comencé a contarle la historia de cada una de las cicatrices que cruzan mi rostro. Terminé de contarle la última historia, frente al rabino que nos casó.

["Cicatrices", Marcelo Birmajer]

Reescritura - Stella

Soy un espejo de mano. Cuando quedo solo y nadie se mira en mí, me siento de lo peor, como que no existo y quizás tengo razón; pero los otros espejos se burlan de mí y cuando a la noche nos guardan en el mismo cajón del tocador, ellos duermen a pierna suelta satisfechos, ajenos a mi preocupación de neurótico.

["El espejo que no podía dormir", Augusto Monterroso]

Reescritura - Claudia

Esta noche de estreno, fuera del cine, la gente hace fila desde las escaleras hasta la vereda. Yo, vestido de sweaters y chamarras, contorsiono mi enorme y ansioso cuerpo mientras doy vuelta la esquina, azotando, invadiendo todo a mi paso. Mi cola de cascabel entra por la ventana del segundo piso, a espaldas de una mujer linda, que toma un café melancólico ante la mesa redonda, mujer que escucha solitaria el gentío, percibe mi fino cascabeleo que rompe pronto su aire de pesadumbre y la alegra, recuerda los días de amor, de sensualidad nocturna y manos sobre su cuerpo firme. Abre las piernas, acaricia el pubis húmedo, se desviste y deja que la punta de mi cola, erecta bajo la mesa, la penetre.

["La cola", Guillermo Samperio]

Reescritura - Osvaldo

Después de unos meses regresé a mi hogar de un viaje por el Amazonas. Ante tantas preguntas que me hacían mis amigos me puse a pensar cómo podría expresar con palabras la sensación que había inundado mi corazón cuando contemplé aquellas flores de sobrecogedora belleza y escuché los sonidos nocturnos de la selva. ¿Cómo comunicar lo que sentí en mi corazón cuando me di cuenta del peligro de las fieras o cuando conducía canoa por las inciertas aguas del río?
Y decidí decirles: "Id y descubrirlo vosotros mismos, nada mejor que el riesgo y la experiencia personal", pero para orientarlos les hice un mapa del Amazonas.
Tomaron el mapa y lo colocaron en un lugar visible de la oficina y noté que cada uno se hizo una copia y después que la estudiaban con detenimiento se consideraban unos expertos en el Amazonas, pues conocían cada vuelta y cada recorrido del río y cuán ancho y profundo era y dónde había  rápidos y dónde cascadas.
La verdad me lamenté toda mi vida haber hecho aquel mapa. Habría sido preferible no haberlo hecho.

["El explorador", Anthony de Mello]

Reescritura - Dora

Caminaba por la costanera, rodeado de frondosos árboles de una gran variedad de flores muy bellas. El sol brillaba, hacia más cálida la caminata. De pronto todo oscureció. Un golpe en la cabeza, de atrás, fuerte dolor, no veía nada. Voces que parecían pertenecer a caras suspendidas, sobre mí. Me desvanecí, no supe cuándo tiempo. Reaccioné y, boca arriba, gemí. Me toqué la cara, tenía una venda en los ojos, me la saqué, estaba tirado sobre un camastro de madera en un cuarto dos por uno, me dolía la cabeza. Aparecieron unas personas, con la cara cubierta. "Pibe" me dijo, "estamos pidiendo rescate a tu familia, hay que esperar", y desapareció. Miré alrededor, el techo de chapa y las paredes descascaradas.
El dolor cedió, me durmí profundamente. Abrí lo ojos, era tarde, el sol no tan cálido, las flores ya no eran tan brillantes, el sendero más aspero, el mar lejano, las olas pequeñas. Me llegó el aroma del mar, suspiré de felicidad, me abandoné. Después del golpe, el momento en que me levantaron del suelo, me desmayé o lo que fuera. Tuve la sensación de que un hueco me hubiera  pasado a través de algo y hubiera recorrido una distancia inmensa. Cuando abrí los ojos, vi a dos hombres, enmascarados, enteraban en silencio, pensé "me van a matar"...

["La noche boca arriba", Julio Cortázar]

Reescritura - Emiliano

Sin dudas me confié demasiado porque cuando sentí la mordedura en el pie ya era tarde. Instintivamente tomé el machete que llevaba siempre sujeto a mi cintura y le asesté un golpe mortal antes de que se dispusiera para un segundo ataque. Me miré el pie y vi dos gotas de sangre que manaban de él además de un dolor que se hacía más y más intenso cada vez. Tomé un pañuelo, me ligué la herida y caminé en dirección al rancho. El dolor empezaba a ser insoportable y la hinchazón había invadido la pantorrilla además de sentir una sequedad quemante en la garganta. Maldije y  seguí caminando como pude ya que me resultaba cada vez más difícil hacerlo. La hinchazón se veía monstruosa y la sed me devoraba. Llamé a mi mujer y le pedí caña pero extrañamente no le sentía gusto alguno. Le pedí más pero en vano; sabía a agua. Miré mi pie que ya lucía lívido y con un tinte gangrenoso. "Esto se pone feo", me dije. El dolor ya se había irradiado hasta la ingle y se hacía insoportable. Vomité por primera vez pero no sentí alivio. Con las pocas fuerzas que me quedaban me subí a la canoa y sentado en la popa empecé a pasear con la intención de llegar a Tacurú Pucú lo que me demandaría no menos de cinco horas de navegación cuando me sorprendió el segundo vómito pero esta vez de sangre. La hinchazón ya llegaba al muslo y parte del vientre. Fue entonces cuando decidí pedirle ayuda a mi compadre Alves a pesar de estar distanciado de él desde hacía algún tiempo. Llegué a duras penas, bajé de la canoa y caí de bruces. En vano fue llamarlo. Ya casi sin fuerzas volví a la canoa pero esta vez para dejarme llevar por la correntada. Repentinamente sentí un fuerte escalofrío y empecé a sentirme mejor. Los dolores habían cesado y la hinchazón parecía ceder. Me quedé dormido. Cuando desperté alguien que parecía un médico me preguntó como me llamaba y agregó "ya se puede ir, Paulino, no tiene sentido que permanezca internado. Cuídese". Tomé las pocas cosas que aún tenía y le dí las gracias. "No tiene nada que agradecerme", me dijo, "agradézcaselo a la Santísima Virgen de Itatí; es la primera vez que alguien sobrevive a la mordedura de una yararacusú".

["A la deriva", Horacio Quiroga]

Reescritura - Fabiana

Resolví  matar a mi marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dije:

—Thaddeus, voy a matarte.
—Bromeas, Euphemia —se rió el infeliz.
—¿Cuándo he bromeado yo?
—Nunca, es verdad.
—¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?
—¿Y cómo me matarás? —siguió riendo Thaddeus Smithson.
—Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.

Mi marido comprendió que no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Yo que era una mujer piadosa, le agradecí a Dios haberme librado de ser una asesina.

["Cuento de horror", Mario Denevi]

Reescritura - Fabiana

Toshiro Ueda  y yo creíamos que el mundo era nuevo, como todos los chicos, porque nosotros eramos nuevos en el mundo tambíén, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Toshiro y yo no entendíamos muy bien qué era lo que estaba pasando. Desde que ambos recordábamos, nuestras pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer entorno a las noticias de la radio, que hablaban de luchas y muertes por todas partes.
Sin embargo, creíamos que el mundo era nuevo y esperábamos ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah... y también nos estábamos descubriendo uno al otro! 
Nos contemplábamos de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponíamos que nuestras  miradas levantaban murallas y nadie más que nosotros podía transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habíamos intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estábamos tan acostumbrados al silencio...
Pero yo sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darme la ración de batatas que había traído de su casa.
–No tengo hambre –me mentía Toshiro, cuando veía que  apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía–. Te dejo mi vianda –y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que yo no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Yo... Poblaba el corazón de Toshiro. Me anudaba en los sueños con mis largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse conmigo. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún...
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares. Y con la misma intensidad con que otras veces habíamos esperado sus soleadas mañanas, ese año nos ensombreció a los dos: ni Toshiro ni yo deseábamos que empezara. Su comienzo significaba que tendríamos que dejar de vernos durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que nuestras casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, nuestras  familias no se conocían. Ni siquiera teníamos entonces la posibilidad de encontrarnos en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque...
Se fue julio, y yo arranqué contenta la hoja del almanaque...
Aunque no lo supiéramos: “¡Por fin llegó agosto!”, pensamos los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían sus abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local. Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas.
–Para cuando termine la guerra... –decía el abuelo.
–Todo acaba algún día... –comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando me recordaba.
¿Y yo?
El primero de agosto me desperté inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a mi alrededor. Un desierto helado y yo  atravesándolo.
Abandoné el tatami, me deslicé de puntillas entre mis dormidos hermanos y abrí la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada me rozó las mejillas.  Le devolví  un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribí, trabajosamente, mis primeros haikus:
“Lento se apaga el verano. Enciendo lámpara y sonrisas.”
Después, achiqué en rollitos ambos papeles y los guardé dentro de una cajita de laca en la que escondía mis pequeños tesoros de la curiosidad de mis  hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto me lo pasé ayudando a mi madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar! Sin embargo, esa tarea no me disgustaba. Siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese. La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de mi hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de mi papá, el pedido de que Toshiro no me olvidara nunca...
Y los dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes...
Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima. Me ajusto el obi de mi kimono y recuerdo a mi amigo: “¿Qué estará haciendo ahora?”.
“Ahora”, Toshiro pesca en la isla
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima. En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo… El cielo de Hiroshima. Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad. En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez. Dos viejos trenzan bambúes por última vez. Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro- DonguriKo...” por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Yo salgo para hacer unos mandados…
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles , animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico. Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar dónde estaba yo.
¡Y que aún estaba viva, Dios!
 Mi  familia y yo, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre. Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya en el aire y él no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar. Yo me hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía mis  trenzas, apenas una tenue pelusita oscura.
Sobre mi mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
–Voy a morirme, Toshiro... –susurré, no bien mi amigo se paró, en silencio, al lado de mi cama–. Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta...
Mil grullas... o “Semba-Tsuru”, como se dice en japonés. Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
–Te vas a curar, Naomi –me dijo entonces, pero  yo  no lo oía, ya me había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas. Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho. La tijera, la llevaba oculta entre sus ropas.
Semba-Tsuru (Mil grullas): una creencia popular japonesa asegura que haciendo mil de esas aves–según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)– se logra alcanzar larga vida y felicidad.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que yo ansiaba, tras sumarles las que yo  misma había hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra. Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki  y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos. No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. Mi vida dependía de esas grullas.
–Prohibidas las visitas a esta hora –le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama. Toshiro insistió:
–Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, por favor...
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara:
–Pero cinco minutos, ¿eh?
Yo dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió. Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres. Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que yo lo estaba observando. Tenía la cabeza  echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
–Son hermosas, Tosí-can... Gracias...
–Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas –y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.
Mis ojos seguían sonriendo.
La muerte llegaría  al día siguiente… Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel  vencer el horror instalado en mi sangre?
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres. Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami…

["Las mil grullas", Elsa Bornemann]

Reescritura - Lilian

La verdad no se sabe si aún llovía, pero igual hubiera podido estar lloviendo. Era julio, la tarde seguía pasando cuan larga era. Las dos niñas no podían estar mejor vestidas para un retrato que se quería irrevocable.
La mirada de la madre, cuya urgencia de perfección nunca parecía del todo conforme con sus obras, aquella vez estaba fascinada, todavía tiene en su estancia la foto que tomaron entonces, recargadas una en la otra, espalda con espalda, cada quien con una canasta entre las manos. Aún se ven ahí, viendo hacia la luz del fotógrafo que las llama a sonreír sin que le dieran a cambio más que una mirada digna de la posteridad.
Incluso a los desconocidos les atrae esa foto. Aunque sea cursi, o porque lo es. No lo saben quienes la ven y sonríen con las dos niñas que vistió la madre como a dos muñecas, Pero los personajes llegaron hasta ahí tras una epopeya doméstica que no está bien olvidar.
A punto de salir rumbo al estudio fotográfico del señor Oklay, hombre rubio, silencioso y pálido que por el solo hecho de serlo parecía enigmático, un accidente puso fin a la ceremonia con que habían ataviado a las criaturas. Se escribe ceremonia y así debe llamarse a la sucesión de movimientos que pasaron en un rato.
La madre y la muchacha que le ayudaba en el difícil arte de disfrazar a sus dos hijas, empezaron por ponerles unos fondos de algodón con tira bordada en las orillas. Eran preciosos ya, podrían haber bastado para dejarlas elegantes, pero fueron solo el principio sobre el que cayeron dos vestidos de una gasa etérea, como debería ser el mundo. Tenían esas mangas cortas y plisadas que las modistas llaman de globo, tenían unos cuellos redondos y unas pecheras con alforzas. Todo lo ribeteaban los encajes traídos desde Brujas hasta Puebla, en un viaje seguramente eterno. En la cintura les ataron unas bandas de seda color de rosa que se anudaban en un lazo perfecto.
La madre les había peinado las ondas con goma de tragacanto y sobre la mesa había dejado unos sombreros de paja clara que aún siguen provocando el deseo de volver a mirar la perfección con que estaba tramada su cursilería.
Pero antes de llegar al clímax que sugerían esos sombreros, faltaba ponerles los calcetines de hilaza tejidos por las monjas trinitarias y luego los zapatos de charol con las puntas redondas y unas trabas alrededor de los tobillos. Las niñas no sabían cómo hacerlo bien y ese día no se trataba de aprender. Para seguir el ritual las sentaron sobre una mesa que, por no sabe qué urgencia de cuidados, tenía un vidrio sobre la cubierta de madera. Un vidrio rectangular cuyos filos no eran un riesgo para nadie que no se acomodara cerca de ellos. A Verónica le habían puesto un zapato en el pie derecho y la suave pero distraída nanita que le abrochaba las hebillas necesitó acercar hasta sus manos el pie izquierdo, así que jaló la pierna de Verónica y la dejó pasar sobre el filo del cristal que, en un segundo, le abrió una herida de lado a lado entre las venas que corren tras la rodilla. Se oyó un grito intenso, pero corto y esa debe haber sido la única vez en la vida que Ángeles vio a su hermana llorar así. Su pierna estaba tan llena de sangre que ni siquiera podía saberse de dónde brotaba. Aún hoy cierra los ojos y ve, todavía, la herida sin brocal como la vio entonces. Verónica lloraba y le ataron un trapo a la rodilla. Ángeles también lloraba. Ahora dice Verónica que dado el escándalo, al principio todo el mundo creyó que la pierna cortada era la de su hermana. No hay contradicción en esa versión porque las dos estuvieron convencidas de que Verónica siempre tiene la razón, pero Ángeles cree recordarla, llorando más lágrimas y más penas que las suyas.
Para pronto, las mamás, como llamaban a la dupla hecha por la madre y su incandescente hermana Alicia, la tomaron en brazos y salieron rumbo al hospital. La otra, que a todas luces salía sobrando porque su engalanada presencia no era de ninguna utilidad, fue con ellas. Recuerda la puerta azul del coche y recuerda ir junto a su hermana mirándola como a una heroína. Ángeles tenía cuatro años y Verónica tres.
Entraron al hospital Guadalupe en busca de un doctor. Acostaron a Verónica sobre una cama angosta y alta. Seguramente le pusieron anestesia, pero de eso y de cómo fue, ninguna de las dos se acuerdan bien. En cambio la mayor recuerda con precisión científica la aguja redonda que fue entrando y saliendo por la piel hasta zurcir por completo la cortada. Ya nadie lloraba. La pequeña menos que nadie. Tenía los ojos inmensos, redondos y oscuros como aún los tiene. Sonrió.
Al salir de ahí fueron a comprarle un premio a su valor. La tienda era pequeña y tenía una sola vidriera. Debió desaparecer muy poco tiempo después. Vendían ahí las últimas muñecas de pasta y porcelana. Había una preciosa con la cara redonda y las mejillas muy rojas. Esa quiso Verónica. Se la dieron como un trofeo. Cachetona le puso de nombre.
No lo creen los hijos, pero entonces las fotos de ocasión se hacían como ahora se hacen las de la publicidad más cara: en un estudio especial, iluminado para el caso, contra un fondo de paredes oscuras y bajo un inmóvil silencio de capilla. No era cosa de pasar por ahí como llevado por la casualidad, se hacía una cita y la familia completa cumplía con el ritual de retratarse en el orden debido. Las primas habían llegado a tiempo. A la madre le sorprende haber llegado alguna vez. Nunca dejó de preguntarse si fue posible que la misma tarde del accidente hubiesen ido a dar con el fotógrafo, pero las hijas están seguras de que así fue. Dos testimonios menores contra el suyo han dado una suma a su favor: el retrato se lo tomaron entonces. Bajo el fondo de encajes una tenía una pierna vendada y bajo las alforzas del vestido la otra le tenía una admiración que aún perdura. Se ha cortado otras veces, la nana distraída que puede ser el destino ha pasado otras veces su vida sobre un vidrio. Ángeles no la ha visto llorar. Ha visto cómo sabe coserse las heridas y cómo se divierte y sonríe cuando todo termina y la vida le toma un retrato a su existencia. Da fe de que aún mira como entonces, de que es valiente y terca desde entonces. Da fe de que aún necesita recargarse en su espalda para mirar al mundo que las mira. Y seguir andando.

["Espalda con espalda", Ángeles Mastreta]

Reflexión final - Fabiana

Este año viví, y creo que no fui la única, todos los estados de ánimo. Tuve días de alegría, de esperanza, de paz, pero fueron muchos los qu...