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El ticket - Darío

En una ciudad llamada Xaxo vive un hombre que se llama Ugbo, que está desempleado hace siete meses, pero desde ese momento busca un empleo. El anterior duró un año y lo despidieron sin razón alguna, desde entonces lleva a cabo procedimientos legales en contra de ese lugar de trabajo, mientras busca otro en su lugar, pero hasta el momento no tuvo suerte.

Una semana después, un ex compañero de trabajo lo llama y le dice que tiene un amigo que busca empleado, le pasa el contacto para que se comunique y Ugbo le agradece. Al día siguiente, Ugbo se comunica con el que busca empleado, se informa sobre el tema, agradece pero lo rechaza porque no es de su interés, lamentablemente.

Un mes después, recibe un llamado de un lugar en el cual había buscado trabajo, es el llamado que él esperaba, le ofrecen un puesto de trabajo y acepta.

Llega el primer día en su nuevo trabajo: el trabajo es el que buscaba e imaginaba, le encanta, además se lleva bien con todos en ese lugar. Horas más tarde, al salir del trabajo, de camino a su casa ve que a una persona se le cae un papel, intenta ayudarla pero el papel se vuela por el viento fuerte y lo pierde de vista. Minutos después, al llegar a su casa ve que un papel vuela cerca de la puerta. Cuando entra a su casa, ese papel entra por esa puerta, mientras la cierra, la brisa del movimiento hace que el papel se vuele otra vez hasta que cae en la mesa. Él se fija de que se trata ese papel y descubre que es un ticket.

Tres días después, al salir del trabajo casualmente se encuentra otra vez con la persona a la cual se le había caído el papel. Ugbo se presenta, le explica lo que pasó y se lo da. La persona le agradece mucho, dice: "pensé que no lo encontraría". Le cuenta que es muy importante ese papel porque es una entrada para ir a un recital. Se saludan y va cada uno a su casa.

Tres años después, le gana el juicio al lugar que lo habían despedido sin razón. Finalmente, ese lugar queda clausurado.

El ticket - Osvaldo

UN SUEÑO EN EL MAR

Apoyado en la baranda de la popa del barco en el que estoy desde hace tres meses contemplando las estrellas, que se reflejan junto a la luna llena en las tranquilas aguas del infinito mar, recordé una frase que leí en algún viejo libro: "EL PASADO SE HA IDO, EL PRÓXIMO MES O AÑO NO EXISTEN; SÓLO EL PEQUEÑO PUNTO DEL PRESENTE ". Y cerrando los ojos me puse a soñar.

Nos tienta mirar hacia atrás y hacia adelante. Pero lo que más necesitamos es estar presentes en este momento, con nosotros mismos, con los que amamos y los amigos. Y con nuestra experiencia, exactamente aquí y ahora. 

Nuestros pensamientos eran tomados con la forma en que conseguiríamos el próximo trago o en cómo manejar la última crisis. Estar emocionalmente presente y vivo en el momento toma tiempo y es en un marco mental que se desarrolla cuando crecemos en recuperación. Una forma de estar más presente en el momento es practicar la gratitud: a través del cristal de la gratitud somos trasportados al momento inmediato. 

La sacudida de una ola me sacó de mi sueño y entonces vi que se depositaba en un taburete al lado mío un ticket incrédulo. Lo tomé y vi que era de una casa de moda importante de París, en la cual un tiempo atrás la habíamos vimos paseando con mi esposa. Otra sacudida me hizo soltar el ticket de mi mano vi cómo el viento se lo llevaba y pensé: "HOY MIRARÉ MI DÍA A TRAVÉS DEL CRISTAL DE LA GRATITUD".

El ticket - Ma. Teresa

Lago Puelo

Años pasaron antes de tomar mi decisión. Dicen que en la vida hay que hacer tres cosas: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Las primeras dos están cumplidas, solo restaría la de escribir el libro. Ahora que he perdido a mi compañera y madre de mis hijos, ha llegado el momento. Cuando hubo que elegir el lugar en donde instalarme para poder hacerlo tranquilo, no existió ninguna duda, Lago Puelo en la provincia de Chubut. Lugar de recuerdos muy intensos. El lugar.

Llamé a una agencia de turismo y reservé una cabaña:

—Tiempo ilimitado —le dije al agente— No planeo regresar demasiado rápido.

Cuando llegué al lugar y estuve frente a ese enorme espejo de agua color turquesa, a un costado del pequeño bosque de arrayanes, supe que no me había equivocado, era el lugar perfecto para descansar y escribir.

Y allí estaba yo y mis cosas: poca ropa, mi máquina de escribir (compañera de años) y varias resmas de hojas. No tenía idea por dónde comenzar, pero bueno ya saldría. Preparé café, una rica sopa y destape una botella de buen vino. Luego de cenar, me senté cómodamente frente al hogar, a terminar mi botella. Recién entonces comencé a recorrer con la vista cada rincón de la cabaña. El silencio solo era interrumpido por el chisporroteo de la leña. Debería elegir un lugar donde instalarme, con mi máquina de escribir. Guardé mi reloj, no me interesaba saber de horarios. Las cosas surgirían naturalmente. Observe un rincón, cerca de una ventana desde donde se puede observar perfectamente el paisaje. Sería allí.

Busqué una mesa adecuada, pero sólo vi una mesa ratona que no me serviría, era muy baja. Llamó mi atención un sobre sobre ella. No sabía si abrirlo o no. Decidí que sí, tal vez me lo habían dejado de la agencia de turismo. No. En el sobre solamente había un tiket. Despertó mi curiosidad. ¿Alguien lo habría olvidado? Al limpiar la cabaña, la empleada tal vez. No era hora de llamar. Lo haría mañana. 

Me recosté en el sillón y no pude dejar de pensar en el dichoso ticket. Mil cosas pasaron por mi mente, no tenía nombre, ni membrete del negocio que lo había emitido. ¿Habrá sido, anteriormente, este lugar de amantes que no querían ningún dato en sus comprobantes de pago? ¿Por qué no? Tengo amigos que, confidencialmente, me han contado de sus aventuras y eran muy cuidadosos.  Debo ser sincero conmigo mismo, también yo lo he sido, pero no muchas veces. El trabajo de viajante es muy solitario. Y así, casi sin querer y por un simple ticket, abandonado en la cabaña, ya tenía yo mi tema para el libro. Historia de un viajante, lo llamaría. Eso sí, tendría mucho cuidado en aclarar que cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia. 

Terminé mi vino e inmediatamente me senté a escribir, mientras exista fuego en el hogar.

Ticket... tickets - Dora

No existe nada más terapéutico que ir de compras cuando hemos tenido un mal día. Sin embargo, para algunas personas, este acto liberador puede ocasionar más de algún problema.

Cuídate los pequeños gastos: un pequeño agujero hunde un barco. Lo que le pasó Andrea cuando se encontró ahogada en deudas. En París, llegó a gastar 10 000 euros en un solo día. Entonces, no se daba cuenta de que padecía un trastorno, porque estaba metida en una vorágine que la cegaba.

Era una compradora compulsiva. En otras palabras, alguien que adquiere objetos en forma impulsiva para regular estados emocionales negativos. Compraba varias cosas por día para subir la autoestima, pero de forma efímera, entonces necesitaba volver a hacerlo.

El ticket - Norma

Desde lejos, sentía el sonido de las sirenas que se repetían por un lado, siguiendo como a corta distancia el retumbar de los truenos. Luego, empezaban los gritos, las bocinas de los autos y, finalmente, una lluvia caótica que golpeaba contra los techos y las ventanas en forma muy embrujada, porque parecía que se abrirían solas en cualquier momento.

Mientras tanto, yo, anonadada, no salía de mi estado impávido, tapada hasta la cabeza con la manta del sillón de la sala, compañero fiel de mis películas, siestas sorpresivas y lecturas deliciosas a granel, con mil aventuras a cubrir.  

Normalmente hubiera salido disparada para averiguar qué sucedía, pero estaba en estado de pausa, como dicen los aparatos electrónicos cuando no funcionan. De repente, de la nada, surgió un tren dorado y muy iluminado. En realidad, parecía un arbolito de navidad por los colores, pero era un tren de verdad, hermoso, con sus butacas de terciopelo rojas, azules, amarillas, grises. El guarda me aviso muy cortésmente que debía subir a la brevedad porque la salida sería en pocos minutos más.

La tormenta arreciaba y yo pensaba cómo iba a subir la maleta, el bolso y el paraguas. Afortunadamente, el guarda me estaba esperando con un gran paraguas, que más bien parecía una carpa. Era de todos los colores, no faltaba ninguno. Me acomodé en un compartimento especial, con todas mis cosas, sin haber sentido caer una gota de lluvia sobre mi cabello.

Al rato, lógicamente,  me pidieron el ticket del viaje. Me pasé media hora pidiendo disculpas y buscando afanosamente el dichoso pasaje por todos los bolsillos de mi ropa y de mi bolso. Pero no lo encontraba. Ya desesperada por la situación (menos mal que el tren había partido), sentí como una ráfaga de viento que venía del pasillo y algo entró raudamente posándose en mi regazo,.

Cuál sería mi sorpresa al ver el famoso ticket, tan colorido como todo el tren y con una  pequeña flecha  dorada, que lo atravesaba verticalmente, indicando tres estaciones muy importantes: la primera era Manigot, la segunda era Florence y la  última era Inverter. Entre ellas, había otras pequeñas estaciones no tan importantes, pero sujetas a la misma posibilidad.

Mi destino era Florence. Me esperaba mi familia para las fiestas de pascua. Estaba ilusionada con la reunión, ya que seríamos casi 25 personas que hacía tiempo no nos veíamos y deseábamos compartir la fiesta que tanto nos ilusionaba.

Lo mas extraño era que las butacas ocupadas eran solo las rojas y las grises. Y los compartimentos estaban ocupados, pero no compartidos, como suele hacerse normalmente ¿Habría menos gente que en años anteriores? No me preocupe demasiado, estaba muy cómoda. Cuando busqué el ticket no lo encontré, había desaparecido nuevamente. Ya lo habían controlado, pero yo necesitaba saber a qué hora arribaríamos y no quería llamar al inspector.

Bastaba que yo lo necesitara para que el señor ticket viniera volando. No sé dónde se escondía, pero aparecía de golpe y cuando lo quería guardar, me esquivaba. Literalmente, desaparecía.

El salón comedor era una lindura especial, muy elegante. Las mesas con sus manteles esplendidos y la vajilla perfecta. Los platos eran de un color celeste mar y cielo conjugados; el mantel, con un suave estampado en colores pasteles y las servilletas lisas, de un color similar a la vajilla. Velas por doquier y un servicio exquisito en todas las comidas que realizamos en el tren.

Estaba preocupada, pero después de cenar decidí ir a dormir temprano. Nos faltaba un buen trecho para llegar a Florence. Llegaríamos después del almuerzo. A la mañana siguiente, como había dormido de un tirón, no presté atención a la estación, pero sí  noté que habían cambiado a la gente del servicio y el inspector no era el mismo. Estaban controlando nuevamente a los pasajeros.

Mi situación se agravó porque el ticket no aparecía y el inspector actual no era tan amable como el anterior. En la mesa del desayuno encontré debajo de mi taza un ticket bastante parecido, pero no me correspondía. Lo guardé por si acaso, tratando de encontrar al verdadero. Me sentía  un poco atribulada por la situación, pero no hubo problemas.

Cuando llegué a Florence, al bajar, le di el ticket verdadero que había aparecido como de costumbre.   Pude terminar el viaje feliz y tranquila. Mi familia estaba esperando mi llegada para ir a casa. ¡¡¡Qué felicidad!!!

Ya estaba instalada, con absoluta tranquilidad, fuera del tren y en paz. Mientras leía un libro en el jardín, tomando un té con un placer infinito, de reojo vi algo pequeño y dorado apoyado en una esquina de la mesa. Cuando me di vuelta, era el ticket que desaparecía en forma constante y ahora se posaba, se adosaba a mí, sin pedirlo. Cuando me retiré de la mesa, noté que cambiaba de lugar y se apoyaba en el mueble donde había dejado mi libro. Y más tarde me acompañaba por toda la casa. 

Realmente me voy a dormir, he pasado un día agitado, necesito descansar.

¡Qué bochinche hace este despertador! Es para resucitar a los muertos. ¿Lo habré puesto muy alto? 

Me desperecé y vi el sol brillando atravesando las cortinas de la habitación. Muchas ganas no tenía de levantarme, había tenido un sueño muy raro, que no tenía explicación. Pero había que preparar muchas cosas ese día. Me dirigí a la cocina a desayunar.

Sentí un zumbido, me asustó porque pensé en una abeja, pero no.  Estaba untando la tostada y de refilón vi un pequeño cartón en el centro de la mesa, que no había visto antes o que no estaba. Seguí tomando el té con la idea de la agenda a cumplir. Pero el cartoncito seiba aproximando despacito hacia mí.  Pensé y me pregunté si estaría viendo visiones. Desde que había llegado a la cocina ese cartón me estaba persiguiendo, como en el sueño. Desconcertada, lo atrapé al vuelo, justo cuando sonó el teléfono.

Era Marina que, a borbotones, me preguntaba si había sacado las entradas para la función de Eric Shagall, el famoso artista que se presentaría en el teatro dentro de dos semanas y ya se habían agotado. 

De golpe entendí los avisos del ticket y todos sus esfuerzos para avisarme. Ahora entendía por qué me perseguía en el sueño. Apenas me levanté continuó insistiendo para recordarme el compromiso que había asumido en comprar los tickets y que había olvidado totalmente.

No sabía qué decirle a Marina, pero ella me confesó que había comprado ya las entradas. En realidad, le habían conseguido un palco a muy buen precio, una magnifica ubicación y no podía perder esa oportunidad. Mi suspiro de alivio lo tomó como muestra de  alegría y reconocimiento. Nos despedimos: "Bueno, nos vemos en la oficina". "Dale, ok. Besos".

Con lentitud y con la taza de té en una mano, fui acercándome al ticket que, quietito, sólo dejaba que me acercara sin atreverse  a moverse de su lugarcito, casi escondido entre el dulce y el plato de tostadas. Lo tomé con la mano, mirándolo atentamente y, oh, sorpresa, tenía una flecha dorada en vertical. Decía "Estacion Manigot, Florence  e Inverter"y la fecha del ida anterior. Al darlo vuelta,  entre las estaciones intermedias estaba Shagall y decía, en letras doradas, “Acuérdate de visitarnos”, como si fuera un recordatorio.

En realidad, mis sueños son una mezcla de películas, historia, colores, dibujos y nunca tienen un significado real, hasta después de que suceden. 

El ticket - Claudia

El ticket sobre la mesa llamó su atención. No recordaba dónde se lo habían dado, tampoco cuándo. Después lo tiraría a la basura, junto con los restos de la cena.

Por la mañana, mientras preparaba el desayuno, lo encontró en el suelo. Estaba segura de haberlo tirado. Lo levantó y vio que no tenía membrete, solo la inscripción "vale x otra". Terminó de alistarse para el trabajo, agarró las llaves del auto y guardó el ticket en su bolsillo. 

No pudo esquivar el auto que venía de contramano, demasiado rápido.

Cuando llegaron al hospital no tenía signos vitales. La reanimación comenzó allí mismo, en la ambulancia. 

Una semana más tarde, el paramédico que la salvó le entregaba el ticket en blanco, sin ninguna inscripción

El ticket - Lilian

No hace falta que mire la hora, Miau tiene un reloj interno y a las 18 aparece y se me sube encima. Este es el momento de terminar la rutina del día laboral. Uff, tres zoom, un informe para el jefe y rehacer un presupuesto.

Voy encendiendo alguna lámpara y miro que en las otras ventanas también hay luces, se está apagando la tarde. Preparo la comida de Miau y me hago una merienda-cena, unas galletitas con roquefort, un sobrante de tortilla y una copa de vino. Programa ideal para ver un rato de This is Us, ¡no más de dos capítulos! La serie es adictiva, sólo comí una galletita. Veo que ya es de noche, pongo pausa y me obligo a probar algo más. Entonces reparo en el papel blanco y doblado sobre la mesa. Una boleta de compra: ”Lanería La Hebra”, Scalabrini Ortiz 400. En la dirección del cliente figura la mía. Nunca estuve ahí. No compré nada. ¿Qué es? ¿Quién la dejó ahí? Desde que empezó la cuarentena, nadie entró en mi departamento: solas Miau y yo. 

¿Podría ser que se haya caído de una de las bolsas que me manda mi mamá con comida? Le hablo y me dice que a ella le hubiese gustado tener algo de lana para entretenerse en estos tiempos pero que no ha podido salir.

Llamo a mi amiga Mariti, me va a ayudar a pensar. No tiene idea cómo esa boleta llegó ahí. También me dice que no sabe tejer y que va a ir por su barrio a comprar lana y va a aprender por Youtube.

Apago la TV, miro de nuevo la boleta y decido ducharme e irme a la cama. De repente, cuando estoy bajo el agua recuerdo que hoy en el medio de una videollamada me pareció escuchar que se golpeaba una puerta, pero a veces dejo la del balcón abierta para que salga la gata. Me apuro a terminar y, envuelta en la toalla, compruebo que la puerta está perfectamente cerrada, hasta con llave. Sin embargo, la de calle, que esta siempre cerrada, no tiene puesta la llave ni el cerrojo. Pongo llave y traba y me voy a dormir. 

Es una forma de decir. Algo me inquieta, no logro un sueño tranquilo, las cuatro, las cinco, las siete. Finalmente, debo haberme dormido. pero de repente despierto con el timbre de la puerta. Cuando llego, ya no se escucha nada, pero Miau está sentada mirando hacia afuera. Por la mirilla no se ve a nadie. Entonces veo un papel en el piso: “Rosi, tengo un paquete para vos abajo”.

Cuántas veces le he dicho al encargado que no reciba nada, que yo bajo. Pero recuerdo que yo no pedí nada. No espero ningún paquete. Me visto y voy a pelearme un poco con Rubén. No me da tiempo, me ve y saca de un estante de su escritorio un rollo tejido, de lana, sujeto por una cinta de papel madera que dice con letras grandes: ”Miau”.

Rubén, al ver mi desconcierto dice: “Tenía razón el tipo que vino, me dijo que este regalito te iba a enloquecer”.

El ticket - Silvia

La gente se conoce en las redes sociales. En pandemia, con aislamiento, posiblemente haya pasado a ser casi un excluyente modo de alternar para personas solteras –o no– y jóvenes –o no–, con las ganas que tiene la gente de relacionarse.

Más allá de las aplicaciones ad hoc, para quien busca, también pasan cosas en las otras redes, en las que participamos para informarnos, para leer lo que dice gente que opina igual que uno gracias a un ecosistema que vamos armando a través del mecanismo de “seguime/te sigo“, “bloquear o silenciar“.

Lo cierto es que en Twitter está llegando la primavera. Algunas de las cuentas, que desde hace poco más de un año suelo ver a diario, empiezan a revelar los enamoramientos que les “mejoraron la cuarentena“. Son gente joven y desconocida, todos. En general no leo a los “twitstar“ y los mediáticos se hacen ver más en Instagram, así que me ahorro sus acaeceres.

J, muchacho de la costa patagónica, desde hace unos días le cuenta a quien lea que le empezó a gustar alguien. Luego, uno chusmea las respuestas y atando cabos intuimos quién puede ser. Un par de días después comparten el embeleso casi adolescente del enamoramiento.

Él está allá en el sur. L no sé de dónde es porque no lo dice su perfil, probablemente del AMBA: la Amorfa Buenos Aires. Quieren poder viajar, para traspasar el plano virtual. Por ahora no pueden. Ayer fue el cumpleaños de J. En su cuenta se vio la foto de un envío que recibió con un montón de primores comestibles y para brindar y adornos de corazones. En la casa de L se ilumina la pantalla del celular que está apoyado en la mesa ratona. Mensaje de correo electrónico: “Mercado Pago, se acreditó tu pago, para descargar tu factura etcetera, etcétera“.

El amor en los tiempos del corona.

El ticket - Stella

Sola, cansada, enojada. El televisor me llamaba así que lo prendí y apoyé mis pies sobre la mesa ratona mientras me adormecía.

Una música estridente me despabiló: era un programa de televisión. Miré sobre la mesa y descubrí un ticket de una casa de moda de la cual moría por ser cliente. Me pregunté cómo había llegado hasta allí...

Mil conjeturas, ninguna válida. Hasta que recordé la visita del abogado y allí sí me hice la película: qué si a su mujer, a su hija, a su amante...

Comencé a reírme sin parar sabiendo que no tendría respuesta a mis preguntas porque lo había echado casi como una loca de mi casa. Había cambiado de abogado.

El ticket - Emiliano

¿Qué puede decirse del matrimonio que no haya sido dicho?

El matrimonio es una lotería.

El secreto es la tolerancia.

Que no griten los dos al mismo tiempo.

Algunos humoristas dicen que algunos matrimonios terminan bien y hay otros que duran toda la vida.

Los hay quienes se preguntan porqué algunos matrimonios duran tan poco y no por qué otros duran tanto.

También los hay quienes aseguran que un matrimonio dura si el liderazgo lo ejerce la mujer y el hombre no se lo disputa. 

Yo soy uno de los que optó por esta solución y me fue bien. Cuando mi esposa falleció, me costó mucho decidir qué hacer de mi vida, ya que complacerla en todo hasta me había resultado cómodo: ni siquiera tenía que pensar. No obstante, había en ella algo que me pesaba y era su obsesión por la contabilidad hogareña. Guardaba en una carpeta ordenadora los tickets de cuanta compra realizaba por insignificante que fuera y, no conforme con ello, lo pasaba a un cuaderno contable. 

Cuando nos dejó, asumí la responsabilidad de hacer todo lo que ella me pedía tal y como si viviera. Pero, como bien dicen que nadie puede sentirse obligado a hacer lo imposible, a los pocos días tomé la carpeta repleta de tickets y el cuaderno para arrumbarlos en la baulera. Ahora me sentía liberado y cada vez que iba de compras me cuidaba de deshacerme de los tickets de modo que después de la partida de mi esposa no había ninguno en casa. Una noche, mientras trataba de concentrarme en una película que proyectaban por televisión, me pareció ver un papel sobre la mesita. Era un ticket, que no solo tenía la impresión del negocio en el que se había efectuado la compra, sino la fecha y la hora de la operación. Todo coincidía con el fallecimiento de Nelly. Corrí hacia la baulera, rescaté la carpeta y el cuaderno y me hice cargo de la contabilidad. Todo por complacerla.

Los tickets - Fabiana

Hace un par de meses, me vine a vivir al sur, huyendo de  la ruidosa ciudad. Aquí las noches de invierno son largas, a veces larguísimas, pero no son nada comparadas con las noches inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquella ciudad que me llevaba a una infancia llena de violencia, con habitaciones que me recordaban una y otra vez los golpes de mí padre. Ese hombre dulce y cariñoso, que jugaba conmigo, se había transformado en un monstruo desde la muerte de mí madre. El alcohol lo enceguecía, lo aturdía, lo volvía violento.

Recuerdo como mí último día feliz con él, aquel en el que llegó a casa con tres tickets para ir al Circo Rodas. Le había rogado que me llevara. Fuimos los tres. Mis ojos de niño de cinco años llenos de asombro, la sonrisa luminosa de mí madre y el orgullo de mí padre llevándome de la mano y abrazándola a ella.

Después de ese día todo fue caos, quedamos solos, sin las manos amorosas de mí mamá. La casa estaba siempre desordenada, la ropa sucia, la heladera vacía. Comíamos comida envasada y, alguna que otra vez, fideos, cuando mi padre se acordaba de mi existencia. Aunque, para ser franco, prefería que no se acordara, porque sentía que mí pequeño cuerpo no resistiría un golpe más.

Siento culpa por pensar que fue un alivio para mi ese accidente que terminó con la vida de quien era mí calvario.

Como les decía, me vine a vivir hace dos meses a una cabaña alejada, cuyas paredes crujen cuando el viento sopla. Acabo de darme un baño y me dispongo a mirar una película desde la cama, pero antes me dirijo a la cocina para prepararme un café. Siento pasos detrás de mí, giro pero no veo a nadie: "es mí cabeza que imagina".

Tomo una bandeja, coloco la taza en el centro, voy a la heladera a buscar una barra de chocolate, está por la mitad, pero no recuerdo haberla comido. Vuelvo para recoger la bandeja, la taza se encuentra sobre la mesada. Estoy solo, pero alguien se tomó la mitad de mí café. Un escalofrío recorre mi cuerpo.Trato de ahuyentar los malos pensamientos. Me voy hacia la habitación, apoyo la bandeja sobre mí mesita de luz y allí están...

Mí corazón late, desbocado.

Tres tickets que rezan:

         " Circo Rodas'

           20/3/1999

           Platea 3B

Al lado de los tickets, la otra mitad de la barra de chocolate.

Con mis manos temblorosas, tomo los tickets. Detrás, con letra clara, se lee una sola palabra: PERDÓN.

Nunca más crujió la cabaña, pero cada tanto aparece sobre la mesita de luz una barra de chocolate.

Reflexión final - Fabiana

Este año viví, y creo que no fui la única, todos los estados de ánimo. Tuve días de alegría, de esperanza, de paz, pero fueron muchos los qu...