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Un día en el inframundo - Norma

Una noche en la tierra de los muertos

Esto sucedía en la ciudad de Santa Cecilia, en Padova.  Marcela pensaba.

Ese día fue todo distinto. No entendía nada, pero quería irme lejos. No me sentía segura de todo lo que estaba por venir. Pensaba en los últimos finales, en todas las compras, en el arreglo del departamento. Me encantó desde el principio, pero lo había imaginado para mí sola. No quería compartir ni siquiera el baño, ni el balcón grande, aterrazado.  Podría tener un perro y  algunas plantas, no muchas.

Llamé a Vanina y le dije que necesitaba hablar con ella.  Vino rápido y solícita para apoyarme en todo lo que necesitara. Le confesé que no podía continuar con todo y que necesitaba hacer algo rápido, ya. Inventamos una historia, la pusimos en práctica. Y ya estoy en el otro mundo.

Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, Giovanni...

Nervioso, de un lado al otro, parecía estar  esquivando bultos. Se sirvió un gran vaso de whisky y lo dijo finalmente: "No puedo seguir con esto. Mi libertad no tiene precio". Su amigo Enzo lo miró sin entender y le pregunto:

—¿Qué te pasa?  

—Muy simple: no me pienso casar. Quiero disfrutar mi vida de soltero, tener la vida que llevo ahora. Cada uno en su casa,  vernos siempre que queremos y hacer nuestra vida. Y cada uno de regreso a su refugio. Hay que pensar en algo. 

Y  lo  hicieron.

Al día siguiente, la familia y los amigos de ambos, Marcela y Giovanni, lloraban mientras recibían mensajes cruzados de los amigos y familiares.

Mientras tanto, Marcela, en la costa Dalmata, disfrutaba de una playa increíble con su amiga Vanina, pasando un día fantástico, alucinante. Por la noche, regresaban al hotel, porque pensaban salir a bailar. Al mismo tiempo, Giovanni y Enzo, en un lugar cercano a Portofino, se disponían a planear algún divertimento.   

En el mismo instante, ambos recibían la noticia de la muerte del otro. Marcela no podía creer semejante barbaridad, se sentía acongojada y muy triste, angustiada. Giovanni se sentía perdido, confuso, desesperado ante semejante noticia.

gicamente, ambos habían sido responsables de su propia muerte. Ambos habían decidido abandonar la vida, para no casarse. Habían querido librarse de una vida en común mintiendo. Pero ambos se sentían  tan mal que no sabían qué hacer. 

Pasaron dos días pensando en sus paseos, en sus viajes, en las horas pasadas juntos y cuánto habían  disfrutado todo eso. Era tanto el sufrimiento de ambos, que se hacía imposible continuar una vida normal. Pensaban en volver a ver nuevamente a su ser amado y la única solución era visitar ese misterioso lugar que existe y al cual...

Solicitaron visitar la tierra de los muertos: deseo concedido, chicos, vayan y disfruten.

El lugar estaba lleno de colores, la naturaleza era burbujeante, exuberante, misteriosa, pero no tanto. Caminando te encontrabas con gente amable, gentil. Nada que ver con los círculos tristes y amargados del Dante en La divina comedia, en donde se seleccionaban los pecados y se ubicaba a la gente por categoría.     

Giovanni entró por el sur, penosamente, pero se asombró de la alegría del lugar. Marcela, muy aconjogada, se asomó por el norte y observó todo con dudosa actitud. Se encontraron en el camino, se miraron a los ojos y fue tanto el amor que sintieron, que fluyó entre ambos. No podían hablar, sólo mirarse y darse cuenta de la estupidez que habían cometido. No hablar, no explicar. Sólo desaparecer. La ausencia es simplemente una negación. En ese momento solo pudieron mirarse. Apenas tomarse de las manos.

Cuando descendieron, si estaban arriba, o ascendieron, si estaban abajo, pudieron colmarse de abrazos, besos y caricias a granel sin explicaciones. Sólo después de un tiempo, ya repuestos pudieron reconocer sus acciones y comprender cuánto de bueno había  sido la decisión de ambos con esa noticia de muerte. Resurgir y tomar la vida con una nueva y absoluta decisión inquebrantable de continuar juntos en la ruta de la vida.


Un día en el inframundo - Osvaldo

Dulce encuentro con la muerte


—Tengo miedo. 

Ella no entendía.  

—¿Es que no me quieres tocar, entonces? 

—Sí, quiero. 

—¿Y por qué  no me tocas? 

—Porque tengo mucho miedo, sé cuáles son mis limitaciones, tengo miedo de perderme en tus ojos, de perder una parte de mi alma, en esos labios, en ese cuerpo tuyo, tengo miedo de sentir la necesidad de no dejarte ir, cuando sé bien que después de hoy tú te podrás ir y llevarte contigo mi corazón. Por eso tengo miedo y no tengo fuerzas para tanto.

Ella calló, él también. Ella se levantó de la cama. Él la miró más fijo, ahora con más miedo porque sabía lo que ella haría, pero ¿cómo oponerse? Ese poder no lo tenía.  Lo hizo tocarla, lo hizo levantarse y sujetó sus manos. Él sintió cómo sus yemas tocaban sus senos, su cintura, su espalda y su sexo. Él, extasiado, se sintió liberado. Ya podía ser autónomo. ¿Quién hubiese podido echarle la culpa por ceder?

Estaban acostados, desnudos. Él ya no se imaginaba ese calor que ella concentraba, no podía dejar de moverse, no quería, ella sentía el peso del cuerpo opuesto, en tanto él besaba su boca y su cuello, mientras apretaba su sexo contra el suyo. Entre tanto, el sufrir los mezclaba más y más en el esfuerzo.

Adi perdió el alma. Ya era tarde, la había perdido. ¿Quién hubiese podido culparlo? Su alma quedó en el cuerpo de ella, ¿y ella se iría? Eso no era certero, no se sabía.  Pero ya era tarde, él se había entregado y había partido a ese mundo desconocido. Pero ya, de todos modos, en eso no pensaba. Y ella esperaba. Quizá al alba permanecería allí acostada sin entender qué pasó, por qué  partió. Y quizá... quizá ya ella no se iría... quizá algún día ella lo buscaría en ese mundo que solo los muertos habitan.

Un día en el inframundo - Claudia

 Parte 1: La tierra de los muertos (ella)

Cuando llegué a este lugar, estaba aturdida. Un murmullo levitaba por doquier y las sombras se divertían, como niños, a mi alrededor. El sitio carecía de clima, ni frío, ni calor. Tampoco estaba templado, nada. Pude divisar, a lo lejos, una enorme pared. Sin embargo, al acercarme, descubrí que en realidad era una muralla que se extendía mas allá de mi vista. Caminé hacia ella y noté palabras y números allí escritos. Los leí durante varios metros y me di cuenta de que eran los nombres y las fechas de la gente muerta desde el inicio de la historia. Continúe con mi tarea durante kilómetros, ignorando el cansancio. Debía encontrar su nombre. 

De pronto, el murmullo se volvió carcajada y las sombras se burlaban de mí. 


Parte 2: Morón, Bs As (él)

—Pablo, fíjate el asado. Ya debe estar. 

—Acá esta el chimi y el vino. 

—Che, qué bien la hicimos. Resultaste ser todo un estratega, ja ja ja. 

—Gracias a ustedes que me ayudaron. 

—Escuché que la chica fue a buscarte... al otro lado. Pobre piba, me da un poco de lástima. 

—Sí, a mi también. De verdad la amaba pero estaba emperrada en casarse y no podía hacerle entender que eso no era para mí. 

—¿Cuándo te vas?

—Mañana temprano. Mi vieja tiene un poco de miedo del avión, pero le explique que en Alemania con sus parientes vamos a estar mejor. 

—Qué loco esto de irte para que nadie se entere de la verdad. 

—Las cosas hay que hacerlas hasta el final o no hacerlas. 

—Ja ja ja ja.

—Ja ja ja.

Un día en el inframundo - Silvia

Hacía más de veinticinco años que no pisaba Saldungaray, hasta la semana pasada, cuando volví.

No resultó del todo raro verme frente a la rueda monumental y característica del portal, tantas veces repasada en los recuerdos más torturantes (y también en las pesadillas).

Llegué en auto directamente al cementerio. Llevaba copia del oficio judicial y ya estaba todo organizado para participar de la exhumación sin necesidad de pasar por el pueblo. Así fue: la toma de material, los recipientes y rótulos, muestra y contramuestra fueron sucediendo sin novedades. Listo, nada más lo retiene en este lugar al perito experto en ADN en una disputa por filiación de proporciones millonarias.

No puedo volver, metros para tomar la Ruta 3 y no puedo seguir. Los recuerdos se amontonan y caen como de granizo, pesan, golpean. El casamiento había que hacerlo en Saldunga, donde “vive la familia“. El viaje anticipado de ella, la modista, los arreglos. El accidente y los rostros de todos, el dolor los helaba. Pero había algo más: un silencio que quemaba. Los años siguientes de delirio, creyendo verla corriendo en un aeropuerto o cruzando una calle.

—¿Qué pasó doctor? ¿Quedó algo sin revisar? Ah, ¿entra y sale nomás? Claro, ya conoce el camino, je je je. Bueno, cualquier cosita acá estoy.

No fue difícil ir a pie hasta la bóveda familiar, a esa hora no había nadie y los que trabajamos con cadáveres tenemos una rara habilidad para no hacernos notar mucho entre los vivos. El instrumental del maletín tiene herramientas prodigiosas que tanto cortan una falange como sirven para abrir el candadito de un mausoleo.

Volví con una bolsa en el baúl. No hizo falta, pero el oficio que aún llevaba conmigo serviría para sortear cualquier control caminero.

Repito las pruebas, vuelvo a tomar material, seguramente fui descuidado, lo vuelvo a hacer. Por tercera vez: el material no corresponde a un individuo humano.

Un día en el inframundo - Emiliano

Qué fácil es para los médicos refrendar un acta de defunción consignando la causa de la muerte, "paro cardio-respiratorio", tal y como si pudiera ser otra la causa, pero qué difícil es soportar la muerte del ser amado. 

Rosalía había expresado en más de una ocasión su deseo de que, llegado el momento, su cuerpo fuera cremado y las cenizas arrojadas al cinerario de tal modo que yo hice todo lo que estuvo a mi alcance para que su voluntad fuera cumplida. No hallaba consuelo, hasta que un día y en sueños recibí una revelación: se me concedía la gracia de viajar a la tierra de los muertos, lugar en el que me reencontraría con mi queridísima esposa. Tenía la esperanza de rescatarla, pero no era allí dónde se encontraba. Entonces, ¿donde?, pensé. Una vez de regreso visité a Ana, su entrañable y confidente amiga.

—Estoy desconcertado. No encuentro a Rosalía y sé que murió.

—Lo que sucede es que ella no murió.

—¿Cómo es eso?

—¿Qué sabe usted de la catalepsia? 

—Jamás he oído esa palabra.

—Se trata de un trastorno neurológico cuyos síntomas son rigidez cadavérica, apnea y ausencia de frecuencia cardíaca, lo que lleva al médico a decretar la muerte.

—Pero su cuerpo fue cremado.

—Eso fue una simulación ayudada por una cadena de complicidades, porque lo que quería era librarse de usted.

—¿Por qué no optó por el divorcio?

—Rosalía sostiene que el divorcio otorga libertad condicional, ya que la existencia del otro es invasiva aún después, y que solo la muerte garantiza la libertad en su sentido más pleno.

—¿Y qué es de la vida de ella?

—Igual a la de cualquier persona que opta por la sustitución de identidad.

—Siendo usted tan amiga de la que fuera mi esposa, ¿por qué me hace semejante confesión?

—Porque me harté: es la tercera vez que hace lo mismo.

Un día en el inframundo - Dora

¿Por qué me pongo tan triste cuando pienso en aquellos días? ¿Será que añoro la felicidad pasada? Lo cierto es que en las siguientes semanas fui feliz. Me las pasé estudiando, como un imbécil, hasta sacar el curso mientras nos amamos como si nada más importara en el mundo.

¿O será por lo que descubrí más tarde, por la sombra que ese descubrimiento tardío arroja sobre aquellos días del pasado? ¿Por qué? ¿Por qué lo que fue hermoso, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo al saber que ocultaba verdades amargas? ¿Por qué se oscurece el recuerdo de unos años felices de matrimonio cuándo nos enteramos de que el otro tuvo un amante durante todo ese tiempo? ¿Acaso porque en semejante situación no se puede de ser feliz? ¡Y, sin embargo, éramos felices!

A veces un  final doloroso hace que el recuerdo traicione la felicidad pasada. A lo mejor es que la única felicidad verdadera es la que dura siempre. Porque sólo puede tener un final doloroso lo que ya era doloroso de por sí, aunque no fuéramos consientes de ello, aunque lo ignorásemos. Pero un dolor inconsistente e ignorado, ¿es dolor?

Pienso que hubiera sufrido menos si partiera a la tierra de los muertos... a mi gran dolor y tormento por el abandono.

Un día en el inframundo - Fabiana

Un día de verano, Orión conoció a Ema y  ambos se enamoraron. Pero el día de la boda, Ema sufrió un rapto por parte de un desconocido, trató de escapar pero los testigos vieron que la subían a un auto y desaparecían. Luego de un mes de búsqueda, llegó la noticia de su muerte, aunque la familia de Ema nunca le permitió a Orión ver el cuerpo.

El pobre muchacho no podía vivir con tanto sufrimiento así que decidió subir al cielo a buscarla. Allí lo recibió San Pedro, el guardián del Paraíso, y Orión le pidió que lo llevara ante su amada. San Pedro amablemente lo dejó pasar, pero con la condición de que no se tocaran, porque sino él no podría volver a la Tierra y aún no era el momento de su muerte. San Pedro tomó un gran libraco, lo abrió en la letra E y empezó a buscar a la muchacha. Buscó y buscó, pero el nombre no aparecía.

Fue así que tuvo que reunirse con Dios que es el que sabe de memoria el listado de los que llegan al cielo, de los que están en el purgatorio y de los que aún están en la Tierra. Así fue como Orión se enteró de que su amada estaba "vivita y coleando" y con su alma rota la buscó con desesperación:  merecía una explicación.

Después de recorrer muchos caminos, llegó un día a las Playas del Caribe y allí la encontró tomando sol y bañándose en el mar transparente.

—¿ Qué haces aquí? Mi corazón sufrió, se partió el día en que pensé que estabas muerta. ¿Por qué me has hecho esto? —preguntó

Ema se levantó sin prisa y sin pausa, sacándose los anteojos de sol y sacudiéndose la arena del cuerpo y empezó a hablar.

—Juro que te amo, pero el matrimonio me asusta, creo que no es para mí —expresó.

—Podrías habérmelo dicho —dijo Orión.

—Empecé a pensar en todos los dichos de la familia y amigos sobre el matrimonio y entré en pánico. "Juntos hasta que la muerte nos separe". Tenía 20 años, es demasiado toda la vida.

—Mí corazón murió el día que te marchaste —dijo romántico Orión.

—Te entiendo, pero pensé en la frase que repetías todo el tiempo: "contigo, pan y cebolla". ¡Odio la cebolla! —exclamó.

—Me encanta cocinar, te hubiera preparado tus platos preferidos —dijo con calma Orión.

—También recordé la frase que repetía tu abuela: "el amor es ciego". ¡Dios mio, con lo que me gusta mirar el mar, el cielo, el mundo! —expresó casi gritando la muchacha.

—Yo miro tus ojos y no necesito otro paisaje —dijo casi sin fuerzas Orión.

—También venía a mí mente lo dicho por tu madre: "el amor de la mujer, en la ropa del marido se ve". ¡Imaginé mí vida planchando, limpiando y lavando tu ropa!

—Pero también hay un dicho que dice que "el amor todo lo puede" —recordó el pobre Orión.

Luego de escucharla, ya vencido, tomó la decisión de no insistir más, ya que" el amor no correspondido, tiempo perdido" y " una manera de demostrar la inteligencia es sabiendo ignorar lo que no vale la pena".

Ema siguió tomando sol y bañándose en el mar transparente...

Un día en el inframundo - Ma. Teresa

Delicia


A mis diez años, mi familia compró una casa en la Capital (vivíamos en Santa Fe) y nos mudamos. 

Mi mayor tristeza era la de dejar mi escuela y alejarme de mis amigos. Mi madre me consolaba:

— Harás nuevos amigos, ya verás. No sólo viviremos mejor, también estaremos en nuestra propia casa, y tu padre ganara más dinero, te acostumbrarás, lo prometo —me decía.

Llegó mi primer día en la nueva escuela. Recuerdo que ingresé temblando, no conocía a nadie. Y fue cuando la vi, era hermosa. Ojalá esté en mi grado, pensé. Y sí, la suerte estaba de mi lado, compartiríamos el aula, la maestra y a mis nuevos compañeros. No me importaba nada más. 

Cabello rojizo y rizado que le caía sobre los hombros, ojos azules y una piel tan blanca como una hermosa nube en un día soleado.

—Tenemos a un nuevo compañero, démosle la bienvenida —dijo la maestra y, uno a uno, se fueron parando y diciendo su nombre. Yo no los escuchaba, tan solo quería saber cómo se llamaba ella. 

—Soy Delicia y te doy la bienvenida —expresó. 

Y sí, no podía llamarse de otra manera, pensé, era una verdadera delicia. Pero ella se sabía hermosa y era muy engreída. Intenté, varias veces, acercarme para conversar, pero se alejaba y se dirigía a su grupo de amigos, en su mayoría niños que la rodeaban como abejas a la miel, mientras ella, continuamente, se arreglaba el cabello y sonreía. Se sabía halagada.

A mi regreso a casa, mamá preguntó:

—¿Cómo te fue en la nueva escuela, ya hiciste nuevos amigos? 

Solo atiné a decir: 

—Una delicia, una verdadera delicia  

—Te lo dije —respondió mamá.

Llegó la fiesta de fin de año. Delicia y yo participaríamos del acto. El mejor momento para invitarla a salir en vacaciones. Para mi sorpresa, aceptó. 

—Nos reunimos todos en el club, vamos a pasarla muy bien, verás —respondió. 

Le comenté que yo practicaba natación. Ella también. Y así fue como en vacaciones, nos hicimos inseparables. Pasaron los años, el fin de curso llegó y el comienzo de la escuela secundaria. Continuaríamos juntos, pensé. Pero no, ella quería ser maestra y yo ingresaría a la escuela técnica. 

Me animé y le dije que me gustaba desde el primer día en que la vi. 

—A mí también me gustas mucho —respondió. Y ahí no más, el primer beso. Esperaba una bofetada, pero no.

—Te quiero, los otros son unos pesados, en cambio, vos siempre fuiste muy respetuoso —me dijo. En ese momento, creí tocar el cielo con las manos. Supe que ella sería mi esposa. 

Nos veíamos todos los fines de semana, era una relación perfecta.

Un día, me llamó y me dijo que ese fin de semana no podíamos vernos. Que el padre era viajante y que esta vez lo acompañaría. Y así fue como nos empezamos a ver cada vez menos. Estaba desesperado. Le ofrecí casamiento. 

—Somos muy jóvenes aún, no me lo permitirán, al menos hasta que cumpla los 18 años. Además, me encanta viajar con papa, los fines de semana —fue su respuesta. 

Faltaban dos años, no lo soportaría. Dejé la escuela, comencé a trabajar para reunir dinero. Así podría afrontar los gastos del casamiento. Mis padres, trataron de convencerme de que ella no era para mí.

Estaba desayunando cuando escuché la terrible noticia del accidente: habían chocado contra un camión y no había sobrevivido.

Pasaba el tiempo y yo no encontraba consuelo. Necesitaba ver a mi Delicia, por lo menos una vez más. Entonces conocí a una gitana. Le pregunté si me podía ayudar y respondió que sí, pero que una vez que estuviera en la tierra de los muertos, ya no podría regresar. No me importaba, sólo quería estar con ella, y acepté.

Llegué y comencé a buscarla pero no lo lograba. Hablé con un hombre que parecía saber cómo encontrarla. Le di los datos. Pero me dijo que allí no estaba. Me alegré, pero ya no podía regresar para buscarla. El hombre ofreció ayudarme. Haz lo que te diga y verás dónde puede estar. Así lo hice. Y la vi. Paseaba de la mano de un hombre y estaba embarazada. Se había burlado de mí. Ella seguía con vida y feliz, mientras yo estaba condenado a vivir en la tierra de los muertos


Un día en el inframundo - Lilian

Traición


Volver a ver tus maravillosos ojos verdes, tus manos, oír tu voz... ¿Será posible? Cuántas veces esperé este momento. 

Al principio con mucha angustia, no podía entender tu ausencia, que te hubieses ido sin avisar, que nadie supiese dónde estabas, que tuviésemos que emprender esa búsqueda loca por la casa de familiares y amigos, el barrio del negocio, comisarías. Después saber y no entender por qué tu cuerpo irreconocible había aparecido tan lejos. Sólo yo pude identificar algunas pertenencias y nada más.

Los últimos tiempos habían sido difíciles, te habías convertido en un ser gruñón, que protestaba por cualquier cosa, que se quejaba de dolores terribles y salía en busca de su médica, la sufrida Dra. Mire, para que atendiera tu ansiedad e hiciera una nueva receta.

Pero el tiempo todo lo acomoda y esa angustia se va transformando en bronca, en resentimiento y finalmente empiezan a aparecer de a poco los recuerdos buenos, aquellos momentos inolvidables que vivimos juntos y esa vida que proyectamos desde muy jóvenes.

Por eso, ahora que en sueños apareció tan clara la invitación al reino de los muertos para verte por última vez, estoy emocionada y no puedo pensar en nada más.

Qué espacio enorme y claro, hay mucha gente. Sin embargo, no distingo sus rasgos, no se si son hombres o mujeres, creo que por el tamaño algunos deben ser niños. Pero no te veo.

—Señor, ¿cómo busco a mi marido? Es alto, tiene ojos verdes. Se llama Rodrigo Salas

No encuentran tu nombre, dicen que no estás ahí, ni en ningún otro espacio celeste. ¿Otra vez?  ¿También acá será difícil encontrarte? ¿Será una búsqueda eterna?

Ya casi despierta, tengo una intuición: no está muerto. ¡Vive!

Voy al pequeño hospital de provincia que avisó de tu accidente, no sé qué tengo que hacer pero el destino está de mi lado. Miro la cartelería con el cuerpo médico y allí figura: Dra. Alejandra Mire. Es ella, la pobre médica que atendía las demandas de Rodrigo.

Pregunto y entonces me informan que el cartel no está actualizado, que la Dra. dejó de trabajar ahí después del increíble affaire con aquel paciente. Sólo pregunto una cosa: 

— ¿El paciente tenía los ojos de un color verde maravilloso?

Un día en el inframundo - Stella

Ya es un realidad, el sábado seré totalmente feliz: será el día de mi boda.

Pero nada sucedió. Todos mis proyectos desaparecieron... como también lo hizo ella. Al cabo de un tiempo, la dieron por muerta. Al principio me resistí a creerlo, pero al pasar estos largos cinco años, entre dolores y lágrimas, lo he hecho.

Retorné a mi vida habitual, familia, amigos, trabajo. Hasta hoy, que encontré a esta extraña mujer. Al principio no le creí, pero tenia tantas ganas de saber lo que le había pasado que no dudé en aceptar cambiar mi vida por la de su hijo gravemente enfermo, por un viaje al mundo de los muertos.

Lo dispusimos para esa misma noche. Hicimos los preparativos necesarios. 

Tengo ansiedad, miedo, amor, curiosidad. Cierro los ojos, no comprendo nada. Ruidos, lamentos, gritos, llantos. Abro mis ojos y me espantó por toda esa gente que me rodea. Algunos creo reconocerlos, pero otros, no.

Una figura me pregunta qué hago allí, yo le contestó. Él ríe y me responde que ella no está allí, aún no era su momento. Lo miro, sé que no miente, por lo tanto mi viaje, mi vida no sirvió para nada, ¿o sí? Despierto y escucho la voz de una amiga diciendo que esa era la única manera de que aceptara la traición. Ella me había dejado por otro.

Un día en el inframundo - Darío

Es un día de primavera en la ciudad llamada Doxa. Ahí vive un hombre llamado Tom, quien desde hace un año tiene una novia llamada Belisa. Los dos son escritores, les gusta mucho la música, son fanáticos de cantantes legendarios como David Bowie y Freddie Mercury.

Un día Tom compra una casa y le propone a su novia convivir juntos, ella le dice que lo va a pensar, él responde que está bien, que esperará su respuesta y ella le agradece. 

Un mes después ella le responde que sí, que le encantaría que convivieran juntos. Entonces, se mudan a la nueva casa. Los primeros tres meses la convivencia va muy bien, hay química entre ellos, disfrutan de la vida.

Al año siguiente ellos parecen haber perdido la química y haber cambiado en la forma de ser. Él empieza a hacer cosas que a ella no le gustan, como criticarla por cada cosa que hace y ella también tiene cosas que a él le molestan, como ser muy celosa, tanto que cada vez que chatea en el celular, desconfía de él y quiere saber con quiénes se comunica. Al mes siguiente, él decide que ella ya no es su novia. Los dos coinciden en la decisión y dejan de convivir juntos. Tom se queda en la casa que él mismo había comprado y ella vuelve a su casa anterior.

Una semana después, ella recibe un llamado de otra ciudad en el cual le ofrecen un puesto de trabajo, que ella acepta. Horas después viaja a la ciudad para intentar ganar el puesto. Mientras tanto, Tom busca enfocarse en algo más además de ser escritor. Empieza a investigar para intentar encontrar algún trabajo que le pueda interesar y, después de mucho buscar, encuentra una opción que sería una buena posibilidad.

Luego de postularse en un puesto a través de Internet, lo llaman de ese trabajo que es cerca de su casa. Unos momentos más tarde, él va a su nuevo trabajo. Al salir de ahí, se encuentra con una ex compañera de la secundaria, se saludan, charlan un rato, él la invita a su casa a tomar algo y ella acepta.

Llegan a la casa, toman un café mientras siguen charlando, hablan sobre lo que pasó en el tiempo que no se vieron ni se comunicaron. Es de noche, hay un viento muy fuerte afuera y mucha niebla, por eso él la invita a quedarse en la casa porque es peligroso salir. Ella acepta y agradece.

A la mañana siguiente, van cada uno a su trabajo. Al volver a su casa, Tom cena y se va a dormir pero durante esa noche tiene un sueño extraño en el que se encuentra en un lugar desconocido en el cual ve que solo hay gente que ya no existe en la vida real. Para su sorpresa, conoce a David Bowie y Freddie Mercury, además encuentra a su novia del pasado quien había fallecido en un accidente. En ese sueño, se lleva muy bien con ellos, les dice que es muy fan, les pide si pueden cantar una canción, ellos aceptan, canta uno y después el otro y al terminar, se despierta. Se levanta, se da cuenta de que fue un sueño pero es la primera vez que sueña algo tan raro como eso. Piensa que sólo es cosa de una única vez entonces no le parece que sea algo malo. Pero ese sueño se repite cada noche, entonces decide hablar con un especialista en el tema.

Tiempo después, logra encontrar un especialista, habla con él y le dice que probablemente sea porque él pidió un deseo con mucha fuerza en secreto y en ese sueño se cumple, entonces, ¿qué puede hacer para no soñar con gente que ya no existe?, pregunta. El especialista le contesta que para eso debería vivirlo realmente, solo así dejará de soñar eso.

Entonces, busca alguien que le pueda ayudar y hacer que se cumpla ese deseo pero tiene que ser alguien con un poder muy extraño, lo cual es difícil de conseguir. Dos años después, encuentra a una persona en la calle que le llama la atención porque tiene como un aura a su alrededor, lleva traje, capa y sombrero. Decide preguntarle por qué lleva eso, entonces él contesta que tiene poderes sobrehumanos y puede cumplir deseos en segundos. Él se sorprende y le pregunta si por favor le puede cumplir un deseo. El hombre acepta y se lo cumple. 

Finalmente logra su objetivo y descubre qué lugar era el que veía en sus sueños: era la tierra de los muertos.

Reflexión final - Fabiana

Este año viví, y creo que no fui la única, todos los estados de ánimo. Tuve días de alegría, de esperanza, de paz, pero fueron muchos los qu...