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Algo realmente estúpido - Ma. Teresa

El país de la estupidez

Dicen que hace muchos años, en un lugar muy lejano, existía el País de la estupidez. No había ningún motivo para prohibir las acciones estúpidas. El Monarca vivía rodeado de doncellas, que reían todo el día de las estupideces del Rey. Y el mismo festejaba las propias y las de los demás pobladores del lugar. Las personas reían todo el día, eran felices, a nadie perjudicaban sus estupideces. 

Se dice que el Monarca vivió más de doscientos años y que los súbditos también. Vivian mucho tiempo, no se enfermaban y llevaban toda una hermosa convivencia. Los niños eran los privilegiados, se les permitía cualquier acto estúpido y reían todo el día. También, por ley, el que más estupideces cometía, sería invitado por el Rey a compartir su mesa. Las doncellas bailaban y reían de las acciones estúpidas que le contaban al Rey. Era un lugar perfecto.

Cuentan que un día llegó al lugar un visitante. Venía del País de la cordura y quería saber si era cierto todo lo que le habían contado. Inmediatamente, fue recibido por el Rey, quien le preguntó cuál era la estupidez más ingeniosa que había realizado.

—¡Ah, no, nosotros no cometemos estupideces, somos gente normal

—¿Y de que ríen entonces?

—No tenemos muchos motivos para reír, estamos sometidos a las acciones ordenadas por nuestro Gobernador.

—¿Y cuáles son esas acciones?

—Trabajo y más trabajo. Y la mitad de todo es entregado a su señoría, sería una estupidez no hacerlo, podríamos ser encarcelados.

—¿Y no es más estúpido trabajar y dejar que alguien los domine?

—No en nuestro lugar.

—Perdone, usted ha dicho una gran estupidez, le doy permiso de reírse a carcajadas, verá que alivio.

Y el forastero comenzó a reír y en todo el lugar pudieron escuchar sus carcajadas. Y los pobladores y doncellas también rieron. Pero de pronto el hombre se detuvo y las risas también, y el silencio era atroz.

—Perdone usted, su señoría, ya he comprobado que era cierto lo que se decía de su reino y me voy a retirar.

—Como quiera, buen hombre, me gustaría saber qué consejo me daría usted, para el progreso de mi pueblo.

—Yo le aconsejaría que imponga leyes, eso fomentaría el respeto por su autoridad y haría crecer su economía y eso terminaría favoreciendo a todos.

Y aunque el Rey tuvo sus dudas, siguió el consejo del visitante. Pero desde aquel día, los moradores dejaron de reír y de cometer estupideces, el Rey murió, la gente envejeció de golpe y los niños conocieron el llanto.

Mal consejo el de aquel visitante. Terminó con la vida feliz de aquel lugar. ¿Por qué será que las personas temen cometer estupideces? ¿No es peor el sometimiento?

Desde el clóset - Ma. Teresa

El clóset

Hace años que vivo en este barrio, justo frente a la casa donde encontraron muerto al señor Julián. 

Desde hace unos días, vengo observando que un indigente a ocupado la propiedad. Sale temprano y regresa al atardecer. Por la noche, se observa una luz tenue, de una vela seguramente.

Aún conservo el teléfono de los hijos, mañana llamaré para avisarles. Así lo hice, pero para mi sorpresa, no parecieron sorprenderse 

–No se preocupe, no hay nada que pueda robar, en poco tiempo seguramente se ira, gracias igual.

En fin, tal vez así ocurra, no es mi problema. Pero la curiosidad me mataba. Al día siguiente, ni bien el hombre se alejó, crucé e ingrese a la casa (la puerta estaba sin llave). Comencé a observar todo lo que había en el interior de la casa. Sobre la mesa, una computadora y varias carpetas, muy extraño. Además, un teléfono celular y una máquina de fotos, todo muy raro, un indigente no podría poseer esas cosas y además ¿para qué? De pronto, el chirrido del portón de entrada me sorprendió, corrí a esconderme en el closet, alguien más ingreso a la casa, con el indigente.

Casi no podía escuchar lo que decían, pero uno de ellos era mujer, se podía oler su perfume. Qué haría yo ahora encerrado en un closet, tal vez pasarían aquí toda la noche. Esperaré a que se duerman y me iré, muy despacio para no ser descubierto.

El tiempo pasaba, la conversación seguía y hasta escuche risas y el ruido de copas al brindar, parecían festejar algo. Comencé a abrir apenas la puerta del closet y logré observar al indigente, que para mi sorpresa era la mujer y a un hombre joven, caras conocidas. Eran los hijos del señor Julián, pero no podía entender de qué se trataba todo esto. Me quedé dormido, cuando desperté la casa estaba vacía. Sigilosamente, por las dudas, Salí rápidamente y regresé a mi casa.

Mil cosas, pasaban por mi cabeza. ¿Por qué motivo los hijos del señor Julián entraban y salían de la casa disfrazados de indigentes, que escondían? Quizás eran cómplices de su madre, la única persona detenida por la muerte del señor Julián, habían pasado varios años.

Decidí, ir a contarle a la policía las cosas que había logrado ver la noche anterior.

Me escucharon con atención 

–¿Está usted seguro señor, de que eran los hijos de la víctima? - 

–Segurísimo, desde chicos los conozco. Pensé que luego del homicidio de su padre, habían viajado a España, a casa de su abuela materna, pero cuando respondieron mi llamada, me aclararon de que venían a visitar a su madre, encarcelada.

–Ahora las cosas, comienzan a cerrarme –dijo el policía

–Señor, hoy por la mañana, el abogado de la acusada se presentó con una carpeta llena de fotos y pruebas de que la señora era inocente. Que la amante de la víctima era la culpable. Mañana, el juez dará la orden de liberar a la acusada. Sus hijos fueron quienes fueron reuniendo pruebas, para comprobar la inocencia de su madre. Usted puede dar fe de que los jóvenes, realmente trabajaron disfrazados de indigentes. Pero un consejo, no vuelva usted a ingresar ilegalmente a una casa, las cosas podrían haber resultado de otra manera ¿no le parece?

–Juro que así será señor, nunca más lo hare.


La casa embrujada - Ma. Teresa

Casa embrujada

En el barrio de Mariano Acosta, la costumbre de los jóvenes era reunirse a la tardecita a charlar un poco de las cosas del pueblo. Al acercarse la fecha de Halloween, el tema era obvio.

—¿Qué hacer, disfrazarse?  

—No da —respondió Daniel— déjalo para los pibes

—¿Entonces? Pensemos en algo especial, hay que celebrar. Aquí nunca pasa nada. 

—Ya se —respondió Julián, otro de los chicos del grupo. 

—¿Recuerdan esa casa, abandonada que está en venta hace una bocha? Dicen que esta embrujada y por eso no se puede vender.

—¡Anda! ¿Y vos crees en esas tonterías? —se rieron todos a carcajadas, menos Julián. 

—Y si son tonterías, ¿a qué le temen? 

—Yo no tengo miedo —respondieron casi a coro. 

—Y bueno hagámoslo. Compramos algo para comer y tomar, unas mantas, velas y linternas y pasamos la noche allí. 

—¿Estás seguro, Julián? 

—Y sí, nunca pasó nada que yo sepa, los dueños murieron y quedó abandonada, eso es todo. Va a ser divertido.

Y así fue como, decidieron festejar Noche de brujas, en la casa supuestamente embrujada.

—Entra vos primero, que fuiste el que tuvo la idea.

Y Julián ingreso tranquilamente a la casa, vela en mano. Buscaron la sala principal, la más grande, así habría lugar para todos, estiraron las mantas, ubicaron las velas y se prepararon para comer y tomar lo que habían traído.

—Che, Julián, ¿notaste algo? ¿Y ustedes?

—Nada, ¿por qué lo preguntás?

—Una casa abandonada debería estar sucia, tierra, telarañas... Y está muy limpia.

—Y si la quieren vender, tienen que mantenerla

—Pero afuera los yuyos, llegan casi hasta las ventanas, que están rotas, además.

—Y bueno, no le busques tanta vuelta. Pongamos música y comamos tranquilos

—¿Música? Yo no traje. 

—Nosotros tampoco.

—Bueno, charlemos.

De pronto una de las ventanas se abrió, entrón un ventarrón y apagó las velas.

—Prendas las linternas, así volvemos a encender las velas

—¿Trajeron fósforos?

—Sí, claro.

Pero el viento seguía ingresando y volvía a apagar las velas. Intentaron cerrar la ventana, inútilmente. 

—Vayamos a otra habitación y listo.

Pero las puertas también se habían cerrado y no pudieron abrirlas, estaban encerrados, casi a oscuras, solo a la luz de las linternas.

—Bueno, che, —les dijo Julián— comamos, nos acostamos y mañana con la luz del día, todo habrá pasado.

El aullido de un gato, los sobresaltó. 

–Un gato enamorado, ¿nunca lo escucharon?

—Yo me voy —expreso Daniel— aquí no voy a poder dormir.

—Como quieras, pero no sé de qué te escapas. Las velas las apago el viento, también cerró las puertas, los gatos siempre aúllan, no seas cobarde, quedate.

Decidió quedarse o nunca olvidarían que era cobarde. Por si algo faltaba se desató una tormenta y el techo era un colador.

—Y ahora qué me decís: a oscuras, encerrados y mojados. Linda nochecita nos espera.

En fin, no se podía decir que pasarían una hermosa noche, pero no les quedaba otra. Nadie pudo dormir, el silencio era sepulcral. Amaneció por fin, ya podrían regresar, cada uno a su casa. Las puertas no se abrían, gritaron inútilmente, nadie los oyó. Y así fue como, en una noche de Halloween, en el pueblo de Mariano Acosta, cinco adolescentes desaparecieron. La casa supuestamente embrujada se los devoró. Ninguno de los amigos que decidieron no ir, dijeron nada. Tan solo que salieron a festejar la noche de Brujas. Dicen, que a veces, en noches serenas, se escuchan gritos de auxilio y luces, en la casa, supuestamente embrujada.

Se opina que las brujas no existen, pero que las hay, las hay.


El regalo - Ma. Teresa

Regalo inusual 

En uno de mis viajes, llegué a China, ciudad milenaria, con una misión muy especial. En mi último cumpleaños, había recibido un regalo inusual: una pequeña caja, con un hilo rojo en su interior. Traté de averiguar quién había enviado dicha caja. Comencé a indagar entre mis amigos más cercanos y ninguno de ellos dijo haber sido. 

Luego de unos días, por debajo de la puerta, alguien dejó una nota anónima. En ella me explicaban que ese hilo rojo haría que, en algún lugar del mundo, encontrara la otra punta del hilo rojo que me habían regalado, y que quien la poseía era mi alma gemela, según cuenta una legendaria leyenda china. Si bien soy bastante escéptico, en cuanto a lo que estas leyendas narran, viajo mucho, de ahí que haya elegido viajar a China en esta oportunidad. Recorrí la muralla y otros sitios mágicamente bellos. También visité a un viejo monje, considerado un hombre sabio y le comenté lo de mi inusual regalo. Sonrió y comentó que mi alma gemela podría estar en cualquier lugar del planeta y, también, que quizás nunca la encuentre, pero que no deje de buscarla, si en realidad creía en dicha leyenda. La magia siempre está donde nadie la puede ver- me dijo. Se despidió con una amable reverencia y se alejó, dejándome con un montón de preguntas en mi interior. Continúe viajando, visitando lugares antes impensados. "¿Sera hoy?", me preguntaba cada día. Lo mío ya era una obsesión: quería, debía encontrar a mi alma gemela, de lo contrario, quizás nunca volvería a disfrutar de lo que más me gusta, conocer el mundo, y no quería seguir haciéndolo solo.

Mientras me encontraba recorriendo La India, llegué a un lugar muy, muy pobre. En las calles las mujeres y niños se encontraban sentados en el piso, exhibiendo sus artesanías sobre mantas muy coloridas. Hermosos trabajos, realizados con extrema habilidad y dedicación, de lo obtenido de su venta dependía su sustento diario. Al atardecer, recogían sus cosas y se retiraban por senderos angostos, hacia sus humildes viviendas. Yo los seguía desde lejos, para no incomodarlos. Observaba como se sentaban alrededor del fuego, donde un gran plato cocinaba lo que cada uno aportaba y compartían alegremente ese único alimento. Luego, antes de que el fuego se apague, unían sus manos y mirando al suelo respetuosamente, daban gracias. Una noche en que me sentía muy cansado, me quede dormido, muy cerca de esos enormes gazebos comunitarios, donde descansaban. Al despertar un pequeño niño me observaba en cuclillas. Le sonreí, el hizo lo mismo, luego tomo mi mano y me llevo hacia el lugar donde una mujer, tal vez su madre, me invito a sentarme y compartir su desayuno, acepte. Luego agradecí y me retiré con respeto. Mi vuelo de regreso partía en una hora, jamás lo alcanzaría, resignado arribe al hotel, me di una ducha y baje a desayunar. Busque un lugar donde servían platos típicos e ingrese. Mientras comía, niños y mujeres recorrían las mesas pidiendo limosnas. Una mujer de rasgos muy bellos se acercó a mi mesa, busqué en mi billetera y le ofrecí ayuda, me hizo una reverencia en señal de agradecimiento, saco de su bolsa una caja y allí guardo el dinero. Al rato, recordé que aquella caja, era igual a la que alguien me había regalado. Había encontrado a mi alma gemela y la deje partir. Hace meses, que recorro las calles de La India, quizás la vuelva a ver o nunca más. Decidí, dejar de viajar e instalarme definitivamente en este pobre país. No sé si algún día volvería a ver a aquella mujer de hermosos rasgos. Pero lo que si sabía era que había encontrado mi lugar en el mundo. Siempre llevo conmigo la caja con el hilo rojo, entendí por fin su significado. Nunca más me sentiría solo.


Anagrama - Ma. Teresa

Familia anagramada

La familia Megoz había llegado al pueblo de Huapeja, para instalarse en su nueva saca. Era un ñueso altamente anhelado. Areste, la mama; Volados, el jefe de familia; los hijos, Ajuna y Lenida, la abuela Jalunia y la mascota chapon. Todos batancan de alegría y el ropre badrala sin parar. Comenzaba una nueva patea en su idva y pensaban aprovecharla al máximo. 
La idea era instalar un ciomerco, tal ver un necamal. El problema era su manera de harbla, no era muy fácil, que la tegen los entienda. Por eso pensaban, contratar a un tenaduya. Todo estaba listo, el nemacal abriría sus puertas al público, el día de mañana. El tenaduya se llamaba Juan, cruronza los dedos y abrieron las taspuer. Más o menos en una hora, el merpri teclien ingreso.
Buepo nopos dipi apas, enpe quepe lopo lopo puepedopo apayupu darpa.
La familia Megoz cerró las taspuer del necamel, ese mismo día. Se dedicaron a cultivar verduras y hacerse pasar por mudos.

Cualquier problema, con la lectura. Corre por cuenta del lector.

[María Teresa – Amira Areste]

Instrucciones de uso - Ma. Teresa

EL OBJETO INDISPENSABLE

Descripción:

Gorra de colores fuertes, con visera firme y buen agarre a la cabeza. Engreída y caprichosa. Regalo de una mujer a su esposo.

 

PREAMBULO DE LA GORRA

Llegué a esa casa toda apretujada en el baúl de un auto. Permanecí en esas condiciones por varios días. Yo, que me sentía orgullosa en aquel escaparate de un local del shopping.

Se paraban pa’ mirarme, como dice el tango. Todos los días, una empleada (mi favorita) me tomaba entre sus manos y retiraba el polvillo que se había acumulado en mi visera. Era la mejor, siempre en el centro, rodeada de otras gorras, por supuesto menos agraciadas. Se vendían antes, pero por ser “baratas” no tan especiales como yo.

Hasta que llegó el día en que aquella mujer, la que luego me quitaría de mi lugar perfecto, me compró.

–Es para un regalo especial- le dijo a ¡mi! Empleada.

–Tengo lo que busca –le respondió.

Me quitó del escaparate, con muy poco cuidado, me ofreció, así nomás, como un objeto cualquiera, ¡a mí, la preferida! Y me compraron.

Como ya dije, estuve apretujada en la caja de regalo varios días. Al parecer nadie podía verme hasta el día del cumpleaños de su marido, eso le dijo a una mujer más joven, quizás su hija. Me faltaba el aire, mi visera perdía firmeza.  “¿Hasta cuándo?”, me preguntaba.

Parece que el bendito día había llegado. Todos estaban apurados, en los preparativos de la reunión. Me colocaron en una pequeña pila de paquetes. Una más del montón. ¡Justo a mí, que era la principal! Así había dicho la mujer que me compró.

Llegaron los invitados y fueron colocando los paquetes de obsequio sobre mi descalabrada caja. De haber sido posible, habría escapado de allí. Pero eso es imposible para una gorra.

Por fin llegó el momento del reparto de obsequios, quedé casa para el final, lo que hirió mi orgullo, por supuesto. Al abrir la caja, el hombre exclamó “¡Otra gorra para mi colección! Gracias familia”. Me observó, me colocó sobre su cabeza y acomodó rudamente la visera. “¡Es perfecta, nuevamente gracias!”. Luego, me arrojó sobre un sillón y continuó abriendo paquetes. Para mi sorpresa, hubo varias gorras más, que fueron arrojadas sobre mí. ¡Qué falta de respeto!

Terminada la reunión, el homenajeado recogió las gorras, incluida yo, por supuesto, y nos colocó en un armario con vidrio, así estaremos más protegidas del polvillo. Resulta que todas eran muy engreídas. “Nunca ocuparas mi lugar”, me dijo una gorra azul, “soy su preferida”. No me tome el trabajo de responderle.

Al día siguiente, abrió el armario y nos miró a todas,

–A ver, a ver, ¿cuál me acompaña a mi caminata diaria?

Estaba segura de que sería yo, “querrá estrenarme”, pensé. Y sí, me tomo, me sacudió fuertemente, me apretujó la visera, ajustó el calce y me colocó en su cabeza, luego nos fuimos a correr. ¡DE TERROR! El fulano sudaba que daba miedo. A cada rato, tironeaba mi visera, le molestaba el sol y ¡a mí también! Regresaría hecha un trapo arrugado y descolorido. La caminata parecía interminable. Afortunadamente, una ráfaga de viento, que luego se convirtió en tormenta, me liberó. Trató de alcanzarme, pero no pudo.  Quedé tirada en un jardín, al lado de una bicicleta de niño. ¡Ah no, ahora un niño! Qué destino el mío, objeto, tan solo un objeto, sin valor para muchos. Eso es lo que soy.

Luego de la tormenta, el sol me secó y, obvio, el niño me encontró. Comenzaría un nuevo calvario para mí. En fin, resignación. Tan solo soy una simple gorra. Tal vez el niño nunca tuvo una y me cuide un poco mejor.


Homenaje a Quino - Ma. Teresa

REUNIÓN

— ¿Para qué nos reuniste, Mafalda, aquí en la casa de nuestro creador?

—Para despedirlo entre todos, Guille, para el éramos muy importantes. ¿Sabían que era muy tímido y que decía todo a través nuestro?

—Era un hombre libre y sabio, Mafalda.

—Sí, lo sé, Libertad, tal vez por eso te creo a vos. Como no quiso tener hijos, nos abrazaba a través de sus historias, el perdió a sus padres cuando tenía doce años. También tenía amigos famosos como Serrat, por ejemplo. Era admirado y respetado en el mundo. Aunque él no lo creía. Tomaba una copa de vino y decía: “no es para tanto”.

Quizás comenzó a morir, cuando perdió al gran amor de su vida, Alicia, su compañera. Hizo construir esta su casa aquí en Mendoza, desde donde se puede ver la cordillera y las cadenas de nubes que se apoyaban en ella. Lamentablemente al perder la vista ya no las pudo disfrutar.

A veces, en nuestras historias, mencionaba a Dios aunque él era agnóstico. Hablaba del bien y el mal, pensaba en Abel y Caín.

También fue un gran soñador, lo hizo a través tuyo, Miguelito. 

—Sí, así es, me gusta soñar, como a Susanita, aunque ella es muy materialista, solo piensa en casarse con un millonario y tener muchos hijos, su única ambición.

—¿Vos qué opinas, Felipe? 

—Opino que está todo globalizado y él lo sabía, por eso fui creado. La verdad, la maldad, el bien y el mal, la tecnología, la educación. Se han perdido los valores.

—Recuerdo cuando me regaló a Burocracia, mi tortuga. Al principio no lo entendí, después supe que todo es muy lento, como ella, la justicia principalmente.

Una vez tuve miedo de dejar de existir, por la censura. Pero él no se entregó. Sabía lo que habían sufrido sus ancestros en la Guerra civil española y lo pasmo en una historia, en la cual una empleada doméstica debía ordenar la casa luego de una reunión, en ese ambiente había un cuadro de Picasso, el Guernica y también lo ordenó. Un sabio. 

—Manolito, ¿vos qué opinas? 

—Yo digo que hay que hacer mucho dinero para valer algo, por eso ayudo a mi papá en el almacén, algún día será mío. Al mundo lo domina el capitalismo. Pero él no sé si lo creía. Fui creado para que ustedes opinen lo contrario, siempre me dicen que mejor es estudiar. Veremos. ¿Y ahora que hacemos, Mafalda?

—Creo que debemos quedarnos un buen rato en silencio, a él le gustaba, y observar ese cuadro que está en la pared, donde aún era joven, pensar en que no debemos olvidar todo lo que nos enseñó y valorarlo. Solo eso, y así seguirá viviendo, para muchos.


Principio y final - Ma. Teresa

Tiempo en espera


Hubo un tiempo, a destiempo de todo lo lógico y racional. Y yo estaba allí. No sé desde cuándo ni cómo, tan solo allí estaba. Mis ojos asombrados, parpadeaban, goteaban sangre. Mis manos huesudas habían olvidado su función.

Todo era ilógico, surrealista, inquietante. Solo una flor, en medio de la nada, emergía de la ceniza amontonada contra el cordón de la vereda. Color purpura, con espinas, debía defenderse. La dibujé en una vacía pared, con un trozo de mi hueso calcinado, y me acurruque a su lado. Creo haberme dormido tratando de recordar, pero el recuerdo se hallaba escondido muy dentro de mí y no se animaba. Me dormí, mucho, mucho tiempo. 

Desperté con frío, una lluvia ácida caía incesantemente. Era el mismo, nada había cambiado, o sí, no lo sé. Comencé a caminar, alguien me siguió. Y otro, y muchos más, miles, todos vagabundos del tiempo. Tal vez, logremos convencernos de que nunca estuvimos aquí.


El perro - Ma. Teresa

Callejero

Julián tuvo una vida muy generosa. Hijo único, de una familia adinerada, pudo viajar por el mundo, conocer famosos personajes y hasta tener contacto con la realeza inglesa. Pero eso parecía no ser suficiente, nunca se sintió totalmente feliz, le faltaba algo, el amor nunca había tocado a su puerta, sólo aventuras ocasionales.

La muerte de su padre lo sorprendió en un crucero por Europa, no llegó a tiempo para despedirse de él. Su madre, muy afectada por la pérdida de su esposo, vio deteriorada su salud a tal punto que Julián cancelo todos sus compromisos para poder cuidarla. Sólo salía por las noches al casino de Puerto Madero, dejando al cuidado de una enfermera a su mama.

Tenía varios autos, pero el Porche rojo era su preferido, fue el último regalo que le había hecho su papá. Si bien en el estacionamiento había varios perros callejeros, uno en particular llamaba su atención. Ni bien estacionaba, el animal se le acercaba y se quedaba al lado del Porche, esperando su salida. Al principio Julián lo ignoraba, pero luego se podría decir que se había encariñado con él y siempre le traía alimento y agua. Cachirulo (así lo llamaba) movía su cola esperando una caricia y él se las daba. 

Una joven, también concurrente diaria al casino, había reparado en aquella relación y una noche se acercó a Julián, se presentó y le dijo:

–Vos debes ser una buena persona, nadie repara en un perro callejero.

–Buenas noches, no es para tanto, él se lo ganó.

–Yo adoro a los animales, tengo varios

–Nunca tuve una mascota, ni de niño, mamá decía que podían contagiarme alguna enfermedad.

–Te aseguro que son capaces de dar mucho amor, sin pedir nada a cambio.

–Sí, debe ser así, conozco algunas personas que opinan como vos, tal vez a adopte a cachirulo.

–Sí, hacelo, no te vas a arrepentir. Buenas noches, ¿nos vemos mañana? 

–Sí, claro, si venís un poco más temprano podríamos tomar algo en el bar, antes de jugar.

Y así, sin darse cuenta, comenzaron una hermosa amistad, que terminó siendo el primer amor de Julián. Amor que fue correspondido. Ahora sí, podría decirse, que la vida de Julián era realmente feliz. Sin perder mucho tiempo, teniendo en cuenta la salud de su madre, le propuso compromiso a Natalia (así se llamaba) y ella acepto.

La llevó a su casa y la presentó a su mama, quien se puso muy feliz. 

–Ahora podre partir tranquila, te dejo bien acompañado.

Una noche, en el casino, Cachirulo ingresó al local de juegos buscando a Julián, comenzó a ladrar y fue sacado del establecimiento a golpes. Natalia presintió que algo ocurría y se lo comentó a Julián. Ambos salieron y allí estaba el animal, que continuaba ladrando. Cuando los vio, salió corriendo hasta el Porche. Evidentemente, algo les quería decir. Los jóvenes subieron al auto y por primera vez, cachirulo también lo hizo. Llegaron a casa de Julián.

–Señor lo estaba llamando, su mama sufrió un ataque, el médico esta con ella –comentó la enfermera.

Inmediatamente los jóvenes ingresaron al cuarto de la anciana.

–Por fin, hijo, no quería partir sin despedirme. Ha llegado la hora de acompañar a papá, le pedí tanto que te trajera.

Los jóvenes se miraron, luego miraron a Cachirulo. Mantuvieron silencio, pero ambos pensaron lo mismo. La mamá de Julián murió esa noche. Cachirulo se mantuvo al lado de su cama hasta último momento y al día siguiente se fue.

Pasaron los días y Julián fue al estacionamiento del casino a buscar al animal: lo llevaría a su casa, nunca más se alejaría de él. Lamentablemente, lo fue a buscar varias noches, pero nunca más lo pudo encontrar.

–El cumplió su misión –comento Natalia.

–Parece que sí –respondió Julián.

De otro tiempo - Ma. Teresa

Desarraigo

Siempre me hablaban de mi abuelo como alguien algo desquiciado. El hecho es que no lo conocía. Era yo muy pequeña, cuando mis padres decidieron dejar Carhue por razones laborales de mi papá. Hoy ya adulta y con una carrera periodística en marcha, quise hacer el que sería, tal vez, mi primer reportaje.

Nunca acepté el hecho del distanciamiento de mis abuelos. Mi madre se justificaba diciendo que eran motivos que quería dejar atrás, para siempre, que ya había sufrido lo suficiente, que no aceptaba el ver a mi abuela envejecer sin haber recuperado la sonrisa. Su niñez, al igual que la de mis nueve tíos, no fue feliz. Habían nacido en Epecuén, en una época feliz, que de pronto se transformó en la más triste experiencia, que nadie desearía para otros. Le comenté que viajaría a  Epecuén y solo dijo "prepárate para escuchar una, muy triste historia". Si bien, yo conocía los episodios ocurridos en Epecuén, lo de la inundación, no entendía porqué mi abuelo había tomado la decisión de permanecer allí, solo, totalmente solo, alejado de su esposa e hijos.

Primero viaje a Carhué, a la casa de mi abuela. Mi mama tenía razón, pocas veces he visto una persona tan triste. Me abrazó muy, muy fuerte. No dejaba de acariciarme y de preguntar por mamá y papá. Le comenté cuáles eran mis proyectos, deseaba alquilar un auto y llevarla a Epecuén, a pasar un día allí, con ambos. Al principio se negó, tenía sentimientos encontrados. Por un lado, el amor que aun tenía en su corazón por la persona que le había regalado diez hijos y, por otro, el rencor de haberla alejado de su lado. 

–Siempre se ocupó de que no nos haga falta nada, material, pero no podíamos aceptar la realidad, de que hubiera decidido vivir solo, alejado de nosotros, fue muy duro –me comento con lágrimas en sus ojos. 

De todos modos, luego de una larga conversación, acepto y al día siguiente, partimos bien temprano 

–Él siempre se levantó casi al alba –me aclaro. 

Cuando llegamos, estaba sentado tomando mate, mientras acariciaba a sus perros, fieles compañeros que lo han acompañado siempre. Cuando vio a la abuela, la abrazo y comenzó a acariciarle sus cabellos, tan grises como el pueblo. Las imágenes eran muy fuertes, todo era gris, casas transformadas en escombros, hasta los árboles, desolación total. Luego de darles un tiempo a solas, bajé del auto y me acerqué a saludarlo 

–Hola, abuelo, soy Viviana, tu nieta, vine a conocerlos. 

Se sorprendió, me había confundido con una periodista que venía a hacerle una de las tantas entrevistas ya acordadas.

–En parte es cierto, estudio periodismo, pero quiero conocer a mi abuelo primero.

–Bien, aquí me tenes, este soy yo, no hay tanto misterio.

–Es que nunca entendí el porqué de tu decisión de vivir en soledad

–No estoy solo, eso es lo que nadie entiende, tengo mis animales, las cosas que necesito, pero principalmente tengo mi tierra.

–Pero si no queda nada abuelo, es una vida muy triste.

–No lo es, todos los días salgo a caminar, recorro calles vacías de gente, pero llena de recuerdos y con ellos hablo.

–Pero ya estas grande, si algo te pasa, ¿quién te va a ayudar?

–Yo pienso que cualquiera de ustedes que llame, tengo un celular

–Eso sí, pero, ¿y la abuela? ¿No sería mejor que estén juntos?

–Si ella quiere, sabe que puede venir cuando guste, pero yo no me voy. Dios, me ubicó en esta tierra, aquí me casé, tuve hijos, hice muchos amigos, esta tierra me dio todo con lo que yo soñaba y no la voy a abandonar. A Epecuén, lo dejaron solo, cuando ya no podía ofrecerles nada. Yo no. Cuando muera, quiero que me sepulten aquí, y en la lápida escriban "AQUÍ NACIÓ, VIVIÓ Y MURIÓ, PABLO NOVAK, ÚLTIMO HABITANTE DE EPECUÉN.

No atiné a decir nada, no era quien. Tampoco lo hizo la abuela. Le dejé mi número de teléfono, nos despedimos, subimos al auto y nos fuimos. El silencio en el auto lo decía todo. Él a su manera, era feliz, es lo único que cuenta.

Deje Carhué, pero no sin antes prometerme que viajaría tantas veces como me fuera posible, a visitar a mis abuelos. A Pablo Novak, último habitante de Epecuén.

La estatua - Ma. Teresa

Venganza

¿Qué hice? ¿Acaso estoy loca? ¿Y ahora, que será de mí cuando descubran el cuerpo? Tengo que huir, ¿pero hacia dónde? Aún tengo las manos manchadas de sangre. Subiré al auto y conduciré, hasta llegar a algún lugar seguro. Un lugar alejado. Sí, eso hare. ¿Cómo pude matarlo? Era mi marido. Yo lo amaba. Ahora, no podrá volver a lastimarme, eso es seguro. Mi cuerpo, lleno de marcas, comenzara a curarse, esta vez para siempre.

Han pasado ya, dos horas, y sigo conduciendo, sin rumbo fijo. Raro, no he visto ningún cartel, que anuncie hacia dónde me lleva esta ruta. Debo cargar combustible, me lo anuncia el tablero, espero encontrar pronto una estación de servicio. El auto se detiene, nada cerca a la vista. Seguiré caminando, debo llegar a algún pueblo antes de que amanezca, diviso algunas luces, allá voy.

Qué tonta, olvidé mi cartera en el auto, no tengo documentos ni dinero. Igual, seguramente alguien me ayudara. Estoy agotada. ¡Dios mío ayúdame! Llego al fin, sigue sin haber carteles, no sé dónde me encuentro, tampoco sé qué hora es, mi reloj no funciona. Golpearé la puerta de la primera casa que encuentre, diré que fui asaltada.

Llego, llamo, sale una mujer que me mira asustada y cierra la puerta inmediatamente. Claro, mi ropa esta manchada de sangre, también mis manos. Debo buscar un lugar donde poder lavarme, de otro modo nadie me ayudara. Me encuentro en medio de la calle, sola, asustada, con frio…camino lentamente. Logro ver un bosque, tal vez allí exista un lago o arroyo, donde pueda lavarme

Qué extraño, cuántas estatuas. Las observo con curiosidad. Hombres, mujeres niñas y hasta algunos animales. Algo me dice, que debo salir de este bosque lo antes posible, me asusta el entorno. 

Por fin un pequeño lago, me lavaré y después seguiré caminando, lejos de este extraño lugar. Listo, seguro ahora sí conseguiré ayuda. Me doy vuelta y detrás de mí, una de las estatuas, parece observarme. La esquivo, otra más se mueve y me corta el paso. Estoy asustada, es todo muy raro. Poco a poco, las estatuas comienzan a rodearme, mueven sus manos, me acusan. No puede estar pasando esto. ¿Qué hago?

Comienzo a llorar, casi tengo sobre mí a las estatuas. ¡Grito! ¡Perdón, perdón, no quise hacerlo! ¡Era una mala persona, me lastimaba! ¡Déjenme salir, me iré y no volveré! ¡Por favor, por favor! ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio!

Despierto sobresaltada, lo miro, duerme tranquilo. Solo fue una pesadilla. Tomo un poco de agua, recupero el aliento, me levanto. Muy despacio, busco un bolso, guardo algunas cosas, tomo mi cartera, con dinero y documentos, salgo. Subo al auto, y me voy.

Cuando él despierte, estaré muy lejos. Tomará un vaso de agua como lo hace siempre al despertar. Él no sabe que le agregue veneno. ¡Soy libre por fin!

El ticket - Ma. Teresa

Lago Puelo

Años pasaron antes de tomar mi decisión. Dicen que en la vida hay que hacer tres cosas: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Las primeras dos están cumplidas, solo restaría la de escribir el libro. Ahora que he perdido a mi compañera y madre de mis hijos, ha llegado el momento. Cuando hubo que elegir el lugar en donde instalarme para poder hacerlo tranquilo, no existió ninguna duda, Lago Puelo en la provincia de Chubut. Lugar de recuerdos muy intensos. El lugar.

Llamé a una agencia de turismo y reservé una cabaña:

—Tiempo ilimitado —le dije al agente— No planeo regresar demasiado rápido.

Cuando llegué al lugar y estuve frente a ese enorme espejo de agua color turquesa, a un costado del pequeño bosque de arrayanes, supe que no me había equivocado, era el lugar perfecto para descansar y escribir.

Y allí estaba yo y mis cosas: poca ropa, mi máquina de escribir (compañera de años) y varias resmas de hojas. No tenía idea por dónde comenzar, pero bueno ya saldría. Preparé café, una rica sopa y destape una botella de buen vino. Luego de cenar, me senté cómodamente frente al hogar, a terminar mi botella. Recién entonces comencé a recorrer con la vista cada rincón de la cabaña. El silencio solo era interrumpido por el chisporroteo de la leña. Debería elegir un lugar donde instalarme, con mi máquina de escribir. Guardé mi reloj, no me interesaba saber de horarios. Las cosas surgirían naturalmente. Observe un rincón, cerca de una ventana desde donde se puede observar perfectamente el paisaje. Sería allí.

Busqué una mesa adecuada, pero sólo vi una mesa ratona que no me serviría, era muy baja. Llamó mi atención un sobre sobre ella. No sabía si abrirlo o no. Decidí que sí, tal vez me lo habían dejado de la agencia de turismo. No. En el sobre solamente había un tiket. Despertó mi curiosidad. ¿Alguien lo habría olvidado? Al limpiar la cabaña, la empleada tal vez. No era hora de llamar. Lo haría mañana. 

Me recosté en el sillón y no pude dejar de pensar en el dichoso ticket. Mil cosas pasaron por mi mente, no tenía nombre, ni membrete del negocio que lo había emitido. ¿Habrá sido, anteriormente, este lugar de amantes que no querían ningún dato en sus comprobantes de pago? ¿Por qué no? Tengo amigos que, confidencialmente, me han contado de sus aventuras y eran muy cuidadosos.  Debo ser sincero conmigo mismo, también yo lo he sido, pero no muchas veces. El trabajo de viajante es muy solitario. Y así, casi sin querer y por un simple ticket, abandonado en la cabaña, ya tenía yo mi tema para el libro. Historia de un viajante, lo llamaría. Eso sí, tendría mucho cuidado en aclarar que cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia. 

Terminé mi vino e inmediatamente me senté a escribir, mientras exista fuego en el hogar.

Fotografías - Ma. Teresa




El primer amor

Dicen que el primer amor es el que te marca.
Personalmente, así fue. Conocí a Miguelito cuando nos mudamos a nuestra primera casa, en San Antonio de Padua. Los terrenos donde mi papá construyó habían sido anteriormente quintas y se podían ver por todos lados los lotes llenos de flores. Mamá nos enviaba a mi hermana y a mí a recoger flores todos los días, en casa siempre había un jarrón con flores en el centro de la mesa de la cocina.
Miguelito siempre estaba en la vereda, jugando a las bolitas, pero yo me daba cuenta de que nos observaba de reojo, siempre. El juego era simplemente una excusa.
Un día me animé y me acerqué a saludarlo. 

—Hola, me llamo Clara y mi hermana Luisa. Y vos, ¿cómo te llamas?  

Se puso colorado, era tímido. 

—Me llamo Miguelito —respondió. 
—¿No querés que vayamos juntos a recoger flores? —le dije 
—Y bueno —respondió— pero primero debo pedir permiso a mama. 
—Sí, claro, aquí te esperamos.

Al rato salió y desde ese momento, juntos, cada día, salíamos los tres a recoger las flores. Cuando teníamos un buen ramo cada uno, él me regalaba las que había recogido. 

—Gracias, pero llévaselas a tu mama 
—No le gustan las flores. Además, las junte para vos

Y salió corriendo 

—Bueno, gracias 

Mi hermana me miraba y sonreía

—¿De qué te reís, tonta? 
—¿No te das cuenta de que le gustas?

No supe que responder, también me gustaba.

Un día llego un enorme camión de mudanzas y se estacionó frente a la casa de Miguelito. Mi corazón se detuvo casi. Se marcha, pensé, y no lo voy a volver a ver. Entonces lloré.

Miguelito se acercó a mí. 

—Nunca te voy a olvidar —me dijo y me robo un beso en la mejilla. Lo abrace fuerte.

Desde ese día, no volví a recoger flores, lo hacía mi hermana. Me sentía triste.

Pasó el tiempo, terminé la escuela primaria, luego la secundaria y llegaría el tiempo de elegir carrera universitaria. No sé por qué motivo, o sí, quise ingresar a la escuela naval. Tal vez con la esperanza de que, en algún lugar lejano, encontraría a mi Miguelito. Pasaron muchos años, me decía Luisa. Tenía razón. De todos modos, ingresé a la escuela naval. Y llegó el día de mi viaje de bautismo. Para mi sorpresa, el capitán se llamaba Miguel. Coincidencia no era: mi Miguelito. 

El viaje duró seis meses, un país más bello que otro y el regreso. Ya era otra persona. Me sentía feliz. Me esperaba Luisa junto a su novio, un joven bien parecido y muy simpático. 

—Te presento a mi hermano —dijo. 

Luisa me miró. Increíblemente, en ese momento me enamore de él y en menos de un año estábamos casados, rumbo a España, de Luna de miel. 

Tuve tres hijos, abandoné la carrera naval, vivía feliz junto a mi esposo y mis hijos. Pero como no podía ser de otra manera, mi primer hijo de llamó Miguel. Era un hermoso recuerdo. Pero solo eso, mi primer amor.

Frase prestada - Ma. Teresa

Él leía tranquilamente un libro, sentado a la mesa de un salón de té, en París.

La camarera se acercó, para entregarle la carta:

—Estoy para servirle, cuando esté listo para ordenar, sólo levante la mano y vendré —le dijo atentamente y se retiró.

Francis se quedó observando a la hermosa joven, totalmente fascinado por su rostro y su voz. Cerró el libro, lo puso a un costado y tomo la carta, decidido a ordenar lo más rápido posible. Levantó la mano y, en pocos minutos, la muchacha estuvo a su lado, tal cual le había dicho.

—¿Le sirvo? 

—¿De manteca o terciopelo? —respondió Francis

—No entiendo —obtuvo como respuesta.

—Sólo intento saber cómo es tu piel, si de manteca o terciopelo.

—Tan solo ordene señor, y no se burle de mí, por favor —dijo la joven ruborizada por las palabras de Francis.

—Jamás me burlaría, lo juro, ordenaré tan pronto me respondas, hablo en serio. Si imagino tu piel de manteca, te derretirías entre mis brazos al besarte, más de mil veces. En cambio, si fuera de terciopelo, suave y cálida, trataría de que fueras tú quien me abrace y poder pasar así muchas horas, mientras me acaricias, hasta dormirme.

Las palabras de Francis, emocionaron a la bella joven. Bajó su cabeza y sólo atinó a decir 

—Mi nombre es Charlotte señor, le agradezco sus palabras. ¿Está listo para ordenar? 

—Sí, lo estoy, pero tan solo si me acompañas —respondió Francis.

—Imposible señor, estoy en horario de trabajo, no me lo permitirían —fueron las palabras de Charlotte.

—Entonces volveré mañana o cuando puedas sentarte a compartir mi mesa

—Aquí no, tal vez luego en el barcito de la vereda de enfrente, termino a las siete

—Allí te espero entonces, no me falles

Y así fue como se encontraron a la hora acordada Charlotte y Francis, en aquel barcito, en una mesa ubicada en la vereda de la calle principal del centro de París.

Tal vez esta sea una historia más, de las tantas que se contarán los viajeros en una ciudad tan cautivante como París. Lo cierto es que aquella tarde, la pareja encontró el amor de una manera muy simple, en un salón de té, con una simple pregunta: "¿De manteca o terciopelo?". Supe con el tiempo que nunca se separaron, que recorrieron París tomados de la mano y que, al despedirse en aquella primera cita, Charlotte respondió "de manteca, señor".


Un día en el inframundo - Ma. Teresa

Delicia


A mis diez años, mi familia compró una casa en la Capital (vivíamos en Santa Fe) y nos mudamos. 

Mi mayor tristeza era la de dejar mi escuela y alejarme de mis amigos. Mi madre me consolaba:

— Harás nuevos amigos, ya verás. No sólo viviremos mejor, también estaremos en nuestra propia casa, y tu padre ganara más dinero, te acostumbrarás, lo prometo —me decía.

Llegó mi primer día en la nueva escuela. Recuerdo que ingresé temblando, no conocía a nadie. Y fue cuando la vi, era hermosa. Ojalá esté en mi grado, pensé. Y sí, la suerte estaba de mi lado, compartiríamos el aula, la maestra y a mis nuevos compañeros. No me importaba nada más. 

Cabello rojizo y rizado que le caía sobre los hombros, ojos azules y una piel tan blanca como una hermosa nube en un día soleado.

—Tenemos a un nuevo compañero, démosle la bienvenida —dijo la maestra y, uno a uno, se fueron parando y diciendo su nombre. Yo no los escuchaba, tan solo quería saber cómo se llamaba ella. 

—Soy Delicia y te doy la bienvenida —expresó. 

Y sí, no podía llamarse de otra manera, pensé, era una verdadera delicia. Pero ella se sabía hermosa y era muy engreída. Intenté, varias veces, acercarme para conversar, pero se alejaba y se dirigía a su grupo de amigos, en su mayoría niños que la rodeaban como abejas a la miel, mientras ella, continuamente, se arreglaba el cabello y sonreía. Se sabía halagada.

A mi regreso a casa, mamá preguntó:

—¿Cómo te fue en la nueva escuela, ya hiciste nuevos amigos? 

Solo atiné a decir: 

—Una delicia, una verdadera delicia  

—Te lo dije —respondió mamá.

Llegó la fiesta de fin de año. Delicia y yo participaríamos del acto. El mejor momento para invitarla a salir en vacaciones. Para mi sorpresa, aceptó. 

—Nos reunimos todos en el club, vamos a pasarla muy bien, verás —respondió. 

Le comenté que yo practicaba natación. Ella también. Y así fue como en vacaciones, nos hicimos inseparables. Pasaron los años, el fin de curso llegó y el comienzo de la escuela secundaria. Continuaríamos juntos, pensé. Pero no, ella quería ser maestra y yo ingresaría a la escuela técnica. 

Me animé y le dije que me gustaba desde el primer día en que la vi. 

—A mí también me gustas mucho —respondió. Y ahí no más, el primer beso. Esperaba una bofetada, pero no.

—Te quiero, los otros son unos pesados, en cambio, vos siempre fuiste muy respetuoso —me dijo. En ese momento, creí tocar el cielo con las manos. Supe que ella sería mi esposa. 

Nos veíamos todos los fines de semana, era una relación perfecta.

Un día, me llamó y me dijo que ese fin de semana no podíamos vernos. Que el padre era viajante y que esta vez lo acompañaría. Y así fue como nos empezamos a ver cada vez menos. Estaba desesperado. Le ofrecí casamiento. 

—Somos muy jóvenes aún, no me lo permitirán, al menos hasta que cumpla los 18 años. Además, me encanta viajar con papa, los fines de semana —fue su respuesta. 

Faltaban dos años, no lo soportaría. Dejé la escuela, comencé a trabajar para reunir dinero. Así podría afrontar los gastos del casamiento. Mis padres, trataron de convencerme de que ella no era para mí.

Estaba desayunando cuando escuché la terrible noticia del accidente: habían chocado contra un camión y no había sobrevivido.

Pasaba el tiempo y yo no encontraba consuelo. Necesitaba ver a mi Delicia, por lo menos una vez más. Entonces conocí a una gitana. Le pregunté si me podía ayudar y respondió que sí, pero que una vez que estuviera en la tierra de los muertos, ya no podría regresar. No me importaba, sólo quería estar con ella, y acepté.

Llegué y comencé a buscarla pero no lo lograba. Hablé con un hombre que parecía saber cómo encontrarla. Le di los datos. Pero me dijo que allí no estaba. Me alegré, pero ya no podía regresar para buscarla. El hombre ofreció ayudarme. Haz lo que te diga y verás dónde puede estar. Así lo hice. Y la vi. Paseaba de la mano de un hombre y estaba embarazada. Se había burlado de mí. Ella seguía con vida y feliz, mientras yo estaba condenado a vivir en la tierra de los muertos


Una noticia en cuento - Ma. Teresa

Mi nombre es Elisa, tengo 15 años y vivo con mi familia en la Localidad de Morón. Mis padres y tres hermanos, uno de ellos discapacitado mental que se llama Andrés. La causa. Mala praxis al nacer. En esta época tan especial, de cuarentena, las condiciones de convivencia, han cambiado radicalmente, para todos. Especialmente para Andrés. Él no entiende demasiado lo que ocurre. Pregunta frecuentemente cuándo puede volver con sus amigos. A los diez años, los amigos comienzan a ser una parte muy importante de tu universo, lo recuerdo muy bien.
Andrés concurre a una escuela especial, doble turno. Lo pasan a buscar a las ocho de la mañana y regresa a las seis de la tarde. Cómo no va a extrañar. La mayor parte del día, la pasa con sus compañeros y docentes.
Pensé que debía hacer algo para que él pase estos días de cuarentena lo mejor posible. Mis padres, a punto de separarse, prácticamente lo ignoran. Y no porque no lo quieran, solo que nunca van a poder aceptar que tienen un hijo especial. Porque es eso Andrés, una persona muy especial, capaz de colmar tus días de un amor infinito. Y yo no lo sabía, lo veía muy poco. Además, tengo a mis amigos, el celular, la compu, en fin. Debía cambiar mi rutina, al menos, hasta que esto de la cuarentena se acabe de una vez. Le voy a dedicar mis horas a Andrés.
Le dije a mis padres que yo me iba a ocupar de mi hermano, que se despreocupen. Algo sorprendidos, lo aceptaron. Me dieron las indicaciones sobre su medicación - lo demás es rutina- dijeron. Andrés me observaba. Después de la higiene diaria y el desayuno, lo llevaba a su cuarto y simplemente le preguntaba qué le gustaría hacer. Al principio, solo me pedía dibujar. Yo buscaba de todo, revistas, libros, lápices, temperas etc. Nos sentábamos en la alfombra y comenzábamos a dibujar y pintar. Luego le leía cuentos, que el escuchaba atentamente. Y fue así que fui descubriendo, poco a poco, que Andrés tenía mucho para dar, además de cariño. Nunca lo había mirado como lo que era, simplemente mi hermano menor. Le hablaba poco, pensando que no me entendería. No le contaba nada de mí, por el mismo motivo. Me di cuenta tristemente, cuanto lo había subestimado. Que me necesitaba como hermana, como una persona necesita a otra. Sin hacerlo sentir pequeño, indefenso y débil. Como lo tratábamos todos, así, como un discapacitado. No como a una persona, con capacidades diferentes. Y el tenía muchas, muchas cosas que ofrecer.
Ojalá esta cuarentena, les sirva a otras personas, como me sirvió a mí. Que vivimos rodeados de personas especiales, que solo hay que darle una oportunidad. Ahora, tenemos el tiempo y las herramientas. Tan solo hay que extender una mano y muchas, muchas más, se ofrecerán a estrecharla. Así, como estrecho hoy la mano de mi hermano Andrés.

Coctelera de chats - Ma. Teresa

MOMENTOS

—Buen día, familia.
—Buen día, amigos.
—Buen día, guapas.

Mis mejores momentos, al comenzar el día, los de los saludos. El tiempo que le dedico a las personas que más quiero: familia, amigos y guapas. Para los demás pareciera, tal vez, algo normal. Para mí no, porque ellos conforman mi universo. Con ellos, he reído, llorado, abrazado y tal vez, algunas veces, por qué no, también me he disgustado y reconciliado.
Mi familia, a la que extraño tanto en estos momentos... Cada semana se organizaba la juntada. Todos pensando qué se come y se bebe, quién se encarga de comprar. Mi obligación: las golosinas para el final de la velada, con el café. Un día dije "por algo especial quisiera que me recuerden" y surgió esa idea. Sería la abuela de las golosinas, las que nunca faltaban antes de despedirnos. Chocolates, caramelos (de los especiales), chupetines, bombones o confites. Siempre están.
Mis amigos, esos que conocí cuando mis hijos iban al colegio primario organizando el viaje de egresados... Y luego, por esas cosas de la vida, aun hoy seguimos compartiendo muchos hermosos momentos. Algunos han partido, pero siempre estarán en nuestros corazones.
Las guapas que, por supuesto, somos las damas del grupo de amigos... Ellos también tienen su grupo. Allí nos divertimos con alguna foto que nos alegre la vista o algún chiste de esos que solo nosotras sabemos escuchar. O simplemente un espacio para confidencias, algunas alegres, otras no tanto. O para preguntar "¿estás bien? Te siento la voz medio depre" y tratamos entre todas apuntalar el día.
¿No es un Universo Maravilloso el mío? 
Bueno ahora también los tengo a ustedes que, sin conocerlos, son parte de mis días. Y disfruto mucho leyendo sus textos. Pero estoy extrañando mucho, los abrazos y besos o una mano extendida para estrechar. Es algo que nunca pensé que me iban a faltar. Un vínculo creado a través de la tecnología no es lo mismo.
Perdón, si me he explayado demasiado con mis cosas. Pero es algo que necesitaba hacer y se me dio la oportunidad con esta consigna. 
Quisiera termina con una corta poesía:

Vive pensando alegremente
Disfruta el día 
Sueña, ríe, canta
Que la vida es bella
Observa y verás
Que tienes pájaros en los ojos.

Reescritura - Ma. Teresa

Era yo muy joven y vivía en una pequeña aldea. No muy lejos se encontraba la casa de una hermosa doncella, blanca y bella como la luna. Me enamoré el primer día que la vi. Solo que ella era muy vanidosa y pretendía casarse con un joven que se asemejara a un príncipe, casi como en los cuentos. 
Sin embargo, eso no me detuvo y fui a visitarla. Charlamos un rato y luego le dije que estaba enamorad, y pretendía hacerla mi esposa. Inmediatamente se levantó de su sillón y en un tono muy despectivo me dijo que jamás se casaría con alguien que tuviera la cara cruzada por cicatrices como yo, y me invito a retirarme. Así lo hice, pero con el pecho destrozado por el dolor que me había producido la respuesta de la joven.
Quise reponerme, diciéndome a mí mismo que ella era demasiado vanidosa, que no merecía mi tristeza, pero fue en vano. Llevaba semanas sin dormir, por las noches solo caminaba por el bosque, tratando de olvidar el sentimiento que sentía por hacia ella.
Varias veces regrese a su casa, a pedirle, a rogarle, que me aceptara. Pero siempre recibía la misma respuesta. Jamás regreses, hasta que logres hacer desaparecer de tu rostro esas horrendas cicatrices.
Una de esas noches, en las que recorría el bosque, me senté a descansar apoyándome en un frondoso árbol. Casi al instante, escuché el ruido de un carro acercándose. Era un hombre y su mulo arrastrando una vieja carreta. Se detuvo, descendió y con suave movimiento de manos, convirtió al mulo en hombre. Observé con asombro lo sucedido, me puse de pie y camine hacia él.
Me saludó muy cordialmente. De inmediato, le comenté que había visto cómo convertía al mulo en hombre y, sonriendo, me respondió:

–Es que no me gusta comer solo. 

Luego con otro movimiento de manos, convirtió la carreta en un canasto, donde tenía un pollo que, luego de hacer una fogata, atravesó con un palo y lo puso a cocinar. 

–Siéntese –me dijo–. Coma con nosotros, por favor.

Mi curiosidad era mayor que mi apetito, y me decidí a preguntarle:
–Disculpe la curiosidad, ¿es usted mago?  

Luego de sonreír por un momento, me dijo:

–Sí, por supuesto que lo soy.

Tomé confianza y le conté, mi pesar. 

–¿Podría usted ayudarme, y desaparecer mis cicatrices? 
–Si por supuesto, lo hare con gusto.

Con un movimiento de manos hizo aparecer un gran espejo. 

–No deje de mirar el espejo, por favor. 

Tocó una de las cicatrices que cruzaban mi rostro y en el espejo estaba yo peleando contra los cosacos que habían atacado la aldea y el hombre que en el momento causó mi cicatriz. 

–Listo, vuelva a observar. 

Y allí estaba yo nuevamente, pero esta vez no luchaba, estaba escondido detrás de unos barriles, muerto de miedo. 

–Se fijó bien, su cicatriz desapareció –Y era cierto.
–Pero ¿no era yo el que estaba escondido tras los barriles, verdad? 
–Sí, usted mismo, solo que, al borrar la cicatriz, también desaparece su historia. Si quiere, seguimos con el resto- 
–No gracias, buen hombre. Dejaría de ser yo y mi historia.

Y luego de agradecerle, regresé a mi casa y esa noche dormí como nunca lo había hecho.
Al despertar, decidido más que nunca, fui a casa de la doncella. Apenas me vio exclamó:

–¿No te dije que no regresaras hasta que hicieras desaparecer tus cicatrices? 
–Así es, pero esta vez, me gustaría que primero me escuches y luego me iré y nunca regresare, lo prometo.

La joven se sentó y comencé a contarle la historia de cada una de las cicatrices que cruzan mi rostro. Terminé de contarle la última historia, frente al rabino que nos casó.

["Cicatrices", Marcelo Birmajer]

Desenlace - Ma. Teresa

EMA

Ema nació en un bello día del mes de abril. Sus padres, como es lógico, estaban colmados de felicidad. Ema tenía un hermano que había nacido dos años antes que ella, casualmente en la misma fecha de su nacimiento. Los papis bromeaban:

—Festejaremos sus cumpleaños en la misma fecha y así nos ahorraremos unos cuantos pesos —decían.

Llegó el día en que Ema cumpliría su primer añito y su hermanito tres. Organizaron la reunión, a la que asistió casi toda la familia. 

—Qué raro que aún Ema no sonríe —comentó la abuela. 
—Es todavía muy pequeña —respondieron al unísono los padres. Ellos en realidad ya lo habían notado.

Pasó el tiempo y Ema no sonreía, no hablaba, ni intentaba jugar. Los preocupados padres, consultaron a varios pediatras. Ellos coincidían en que Ema tenía todos los síntomas de una niña autista 

—Eso no significa que sea retrasada mental —aclaraban los médicos. 
—¿Cuál sería entonces el tratamiento? —preguntaban. No lo había. 
—Ella se comunicará con ustedes de la manera en que lo sienta, deben estimularla a hacerlo constantemente y tratar de descubrir las cosas u objetos que más le gusten.

Los padres cumplieron al pie de la letra, con todos los consejos de los distintos especialistas. Fue así que descubrieron que le atraían los lápices y las hojas donde dibujaba estrellas y la luna continuamente. Siempre lo mismo. Decidieron pintar el techo de su cuarto con muchas estrellas y también la luna. Cuando se lo mostraron, Ema sonrió por primera vez y comenzó a hamacarse y aplaudir. Pasaba horas mirando el techo y dibujando. 
Luego fue sumando dibujos de lo que parecían ser naves espaciales y pequeños hombrecitos. Su hermano le había enseñado a escribir. Entonces llenaba los cuadernos de palabras y dibujos que no permitía que nadie leyera o viera. Los guardaba en su baúl. Todos respetaban sus deseos.
El día en que Ema cumpliría sus quince años, la familia pensó en festejarlo de una manera especial, pero a ella le molestaba estar rodeada de muchas personas, solía taparse los oídos, cerrar sus ojos y gritar hasta el momento en que se hacía silencio.
Entonces el papá pensó en un regalo especial, pero no se le ocurría nada. Ema tenía su mundo en ese cuarto y todo lo que quería también. Además había dibujado en las paredes pequeñas historias de seres desconocidos, aun de lo que no paraba de contar en sus cuadernos.
Antes de la fecha de cumpleaños, su mamá entró al cuarto mientras ella dormía y tomó sus cuadernos para ver qué había en ellos. Fue sorprendente para sus padres: había escrito muchos cuentos extraños y bellos a la vez. 

—Esto es ciencia ficción —afirmo el padre—. No debemos mantenerlo oculto, puede que a otras familias con hijos que tengan autismo como Ema les pueda ser muy útil.

Fotocopiaron todo y lo entregaron a un editor, que lo convirtió en un libro y lo puso a la venta. El libro se transformó en un éxito. Algunos medios pedían entrevistar a la autora. Sus padres dudaban de hacerlo, no sabían cómo lo podía tomar su hija. Ellos habían tomado sus cuadernos sin su permiso. Pero, aun así, decidieron contarle todo a Ema, pensaron que tal vez ese libro podría ser el puente que su hija necesitaba para conectarse con el resto del mundo. Que podría sacarla de su aislamiento.
El resultado fue totalmente diferente, la poca comunicación que Ema tenía con su familia, se interrumpió. Le habían robado su tesoro, su mundo, sus sueños. Pasaba sus días encerrada en su cuarto, ya no dibujaba, tampoco escribía. Se sentaba en un rincón abrazada a sus cuadernos. Al libro lo había destrozado.
Una mañana en que la madre iba a llevarle el desayuno, descubrió que Ema ya no estaba, se había alejado de su casa. La buscaron por muchos lugares, sin éxito. Literalmente había desaparecido.
Habían pasado dos años, desde la desaparición de Ema. Mientras su padre leía el diario, una nota le llamo la atención: una pareja de turistas había descubierto una cueva, llena de dibujos de naves, hombrecitos, estrellas y una enorme luna. Al ver las fotos no pudo parar de llorar, eran los dibujos de Ema. Pero cómo había podido llegar hasta allí, tan lejos de su casa. Llamó a su esposa 

—Debemos ir a buscarla —le dijo. La mujer respondió que no, que ya le había robado mucho a su hija, que no le robaría también su libertad.

Sputnik - Ma. Teresa

SUMIRE

Comenzó su día, como lo hacía habitualmente: café negro, una fruta y una llamada telefónica. Llamaba, escuchaba la voz y cortaba. Era su manera de saludar a un amor que la tenía obsesionada. Compañera de facultad, bastante mayor que ella (cosa que no le importaba) y comprometida. La había visto encontrarse con un hombre los viernes, al salir de las clases.
Sumire era tímida, poco demostrativa y nunca se había animado a hablarle.
Llegó el viernes y el caballero no vino a esperar a Judith (así se llamaba). Sentada en un banco de la plazoleta que se encontraba frente a la facultad, Sumiré vio a Judith esperar un momento y luego dirigirse hacia ella. Pensó que se le iba a detener el corazón. ¿Qué le diría? Nunca le había hablado, ni siquiera un "hola" al pasar.
Era ya tarde, de noche cerrada, pero a Sumire le pareció el cielo más hermoso y el titilar más brillante de las estrellas. De la luna ni hablar. Era una ocasión muy esperada, no podía dejarla pasar.


—Hola, ¿cómo estas? ¿Te molesta si me siento a tu lado? Esperaba a alguien, pero se ha retrasado parece. Me llamo Judith, te he visto en clases, tu nombre es…
Sumire enmudeció por un momento. 
—Si si, perdón mi nombre es Sumire, sentate no hay problema. 

Se miraron fijamente, una mirada mágica, como si sintieran la necesidad de no hablar, tan solo mirarse. Algo en el aire fresco de la noche, parecía abrazarlas para siempre. Sumire rompió el silencio. 

—Hace tiempo que quería hablarte, pero, no me animaba. Y ahora que estamos aquí, frente a frente, te lo voy a contar. Desde que te conocí, sentí algo especial hacia vos, creo que te amo.
Judit, no pudo reaccionar, se levantó y se alejó.

Sumire lloró tanto que la luna oscureció la noche y ya no había estrellas. Se levantó y decidió regresar a su hogar. Ya no la llamaría. Dejaría la facultad. Seria para ella un martirio verla, además de que se sentía terriblemente avergonzada.
Pasaron los días. Pensó mucho en lo que había ocurrido. Y un día decidió que ya no se escondería más, que otro amor podría surgir y que ella era Sumire y la deberían aceptar como era.
Retomó la facultad, no volvió a ver a Judith, tal vez no se atrevía a verla. No le importó.
Un día alguien se sentó a su lado. 


—Mucho gusto, me llamo Claudio y soy gay. Espero que no te importe. 


Sumire sonrió. Desde ese día tendría un amigo. Todo había cambiado. Era ella por fin.
Pasaron unos meses, Sumire desayunaba tranquila, preparándose para salir. Sonó el timbre, abrió la puerta y allí estaba Judith, con una rosa en la mano.

Reflexión final - Fabiana

Este año viví, y creo que no fui la única, todos los estados de ánimo. Tuve días de alegría, de esperanza, de paz, pero fueron muchos los qu...